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domingo, 22 de marzo de 2015

¿Hay vida?


 
 
“¿Hay vida?”, preguntó el hombre en las escaleras hacia el Metro y quien lo acompañaba hizo un largo comentario, desilvanando la inquietud.

¿Hay vida?; la indagación de todo el planeta cuando el hombre pisó la superficie agujereada del pequeño satélite, que todavía alienta misiones, fuera de este punto minúsculo de la vía láctea dónde habitamos.

¿Hay vida?, se preguntó Pasteur cuando intuyó que diminutos seres habitaban en las manos de los médicos, capaces de llevar vertiginosamente a la tumba a las  parturientas, muertes que se sucedían unas tras otras, que luego se supo eran los microbios. El sencillo gesto de lavar las manos antes de las cirugías y de todo acto médico evitó mortandades.

¿Hay vida?, se dijo a sí mismo el moribundo ante su inminente adiós, con la angustia de quien ya no poseía la certeza de un futuro, de si su alma merecería el cielo de los justos o el ardor eterno de quienes cometieron las equivocaciones humanas.

“¿Hay vida?”, fue la pregunta que hizo un hombre de mediana edad a otro, en el Metro, mientras las masas se agolpaban camino a la escalera, asfixiadas. Ellos no hablaban de ninguna de esas vidas. Era un argot. Aludían a un negocio posible, dinero de por medio, una transacción a lo mejor de dudosa reputación, quien sabe... “¿Tendré vida, hoy?”, me pregunto, mientras termino de subir la cuesta a lo cotidiano y me sonrío ante la compleja sencillez del lenguaje.

Carmen Isabel Maracara 
 
(Crónica)
 
8 de julio de 2012
Foto: AVN

domingo, 5 de octubre de 2014

El glorioso café de Mercedes


A Mercedes, “la vendedora de café más antigua del mercado de Coche”


No es Mercedes, pero seguro la historia se repite


Mercedes se levantó una vez más a las cuatro de la mañana a preparar los tres cuatro termos gigantes de café. Agua fría para espantar el sueño, un pié primero y otro después, mientras sus hijos van también recibiendo rastros de sonido del trajinar de su madre que hace 15 años inició para levantarlos, a falta del padre que cada vez fue haciendo menos falta, a fuerza de no aparecer nunca.
La ducha termina y ya el agua está hirviendo para colar el café, hay que apurarse y hacer la masa para las arepas para que Ernesto –así podría llamarse- y María –otro nombre común- puedan llevarse en el estómago el desayuno antes de irse el primero a sus clases de Administración en el instituto y ella a su tiempo compartido entre su carrera de Publicidad y el trabajo; para que lleven en sus paladares algo del amor infinito que esta madre les regala cada día, para que recuerden a esta Mercedes que ya a las cinco de la madrugada está en la parada de la Cortada del Guayabo, luego de subir una cuesta desde San José de los Altos y esperar a veces diez minutos, a veces media hora, la camioneta que la llevará apenas cinco kilómetros más allá para desde allí tomar otra o un jeep hasta Coche e invadir el mercado con su sonrisa contagiosa, con su saludo tempranero, con su buen humor de mujer resuelta y orgullosa de siempre salir adelante.
Ella sola llevó a sus hijos a la universidad, allá apoyó una madre, después el abuelo, alguna vez el marido en los primeros tiempos de la separación. Luego fue el ir y venir cotidiano a vender en el mercado los tres termos de café, a veces cuatro –con leche ya no porque es un problema, no se consigue- y mantener el precio aunque el café suba, aunque el azúcar suba, aunque esté cansada, o si llueve, o si no hay transporte, o si el frío o la oscurana acechan.
Con la venta del café, sus dos hijos estudiaron primero en la escuelita pública, luego en el liceo y después en el instituto y universidad privada. “Hay que ir reuniendo, para pagar de contado”, dice; ya el muchacho va a salir y María –si así se llama- ya se graduó. “Hoy me fui a recorrer Catia, a buscar un carro –se refiere a una carrucha portátil. Las de las ruedas grandes son buenas, circulan rápido, pero parten la bolsa. Fui a buscar una italiana, son las mejores; yo la conseguí, pero vale mucho y no tenía, pero la voy a comprar. Tuve una buenísima, se me fue cayendo por partes y en el mercado me echaban broma porque la componía, la amarraba aquí, la arreglaba por allá; es que era muy buena….”. Y así me da una clase sobre todos los tipo de “carros” que hay para trasladar, en una bolsa plástica grande, los cuatro termos de café.
“Yo no como durante el día”, me dice, y ante mi asombro y pregunta responde: “Es que si lo hago, no rindo, porque el café se vende caminando y hay que distribuirlo antes que se enfríe. Comienzo a servirlo por todo el mercado a los carreteros, a los que venden, a los de siempre, pues y luego vuelvo recogiendo. Hoy, como a las dos, lo que me comí fue una empanada. Pero claro, tomo mucha agua, eso sí. Y ahorita que me compré esta chicha, que algo me alimenta. Ceno en la noche, en mi casa, pero tampoco mucho, los fines de semana sí, porque mi hija me cocina y me dice que tengo que comer. Pero trabajando no puedo”.
Y así veo a Mercedes con sus cuatro pesados termos de café, recorriendo todo el mercado, voceando su cafecito negro, primero en la fresca mañana pero luego pica el sol que se acerca al mediodía mientras va cobrando y vendiendo lo que queda; despertándose a las cuatro o a las tres y media de la madrugada y sin carro ni ayuda montarse en una camioneta, luego en un jeep –es difícil, lo supondrá, subir los cuatro termos en un jeep lleno de nueve personas y a lo mejor el puesto que queda está al final, aunque a veces los pasajeros colaboran y se ruedan para que Mercedes quede al lado de la puerta y le ayudan a subir su mercadería.
Ahora cuando veo en la ciudad, temprano en la mañana, varios vendedoras de café, pienso en Mercedes, “la vendedora más antigua del mercado de Coche”, que se replica en estas otras mujeres y hombres que de cafecito en cafecito han levantado su hogar, gente trabajadora que se gana la vida de moneda en moneda, voceando el negrito, el conleche, la manzanilla, esquivando los carros en la autopista: todos son Mercedes empujando la vida. Y pienso como Sabina, que si la “Magdalena pide un trago, tú la invitas a mil, que yo los pago”. Cómprenle los mil cafés, a Mercedes-Magdalena, que yo los pago, para que regrese temprano, para que descanse, para que la vida aguante.

Carmen Isabel Maracara

27-10-2007

foto: (https://farm5.staticflickr.com/4068/4438411330_5eb897abc4.jpg)

miércoles, 1 de octubre de 2014

La desamontonada

(Crónica)

 El terminal del Nuevo Circo en Caracas es un voceo interminable de historias rotas; unas creíbles, otras demasiado dramáticas para ser verdad. Quizás algunas honestas. A todos les falta algo, la venta se hace invocando una situación extrema: un muchacho que se recuperó de las drogas y vende agujas, otro que dice ser artesano y vende collares de dudosas piedras, chicos que perdieron un pasaje y andan desperdigados por la ciudad completando el dinero que falta, los eternos vendedores de chocolates, galletas, tarjetitas con mensajes amorosos o estampas religiosas.

Pero a veces es distinto, aunque se repite la petición.

Ella venía de los Valles del Tuy, dijo nombre y dirección exacta. Rondaba los 70 años. Se le enfermó la pareja, “está muy mayor y enfermo”. Pero ella no nació “para amontonarse, no se quiere quedar amontonada en la casa”. La casa enferma, la casa asfixia, comenta.

Necesita comprar medicinas para la hipertensión y otras cosas para el marido. Va riendo y contando historias, unas más divertidas que otras; no hay dramatismo en su presencia, sino más bien la alegría de quien disfruta el contacto de los otros; salir y respirar el aire denso de la ciudad, menos denso no obstante que el cuarto oscuro donde habita la pesadumbre, las carencias, las noticias de un cuerpo que se desgasta.

Cambia el nombre a los pasajeros que le dan dinero, mientras sonríe y nos devuelve la risa a todos: “Gracias Azucena”, me dice, “adiós Eustaquio”, “gracias Jesusita”, nombres todos poéticos, insólitos, de otro tiempo. Se baja y deja una estela de dulzura a su paso. Se olvida uno del polvo de afuera, de este terminal casi derruido, del cansancio de todos al final de la tarde.

 
Carmen Isabel Maracara
12/05/2012

lunes, 25 de noviembre de 2013

Horizonte urbano


                                           A mis primos Juan Carlos Araujo y Rusnies Arimendi
                                            y claro está, a Maria Francheska Arismendis
 


 Allí los sueños se enmarañaron,...
junto a los postes de luz.
Cada esperanza rota se volvió hilo inservible
apenas sumado a lo negado desde siempre.

Son las 5 de la tarde en la Lebrún de Petare,
cae la noche y la calle se llena de incendios.

Hay que apurar el paso, pues los hilos,
que no son los de Ariadna,
pueden atraparte en su red de pólvora,
y la calle pasará a ser la casa de un rey en moto,
que a sus dieciséis años ,
gira y gira sobre su territorio
hasta arrinconarnos.

Y repito,
son las 5 de la tarde en Petare,
paso debajo del laberinto de cables de luz. .

Atrás se queda el dolor de muertes inexplicables,
el pesar de los desamparados de mi país,
cuyos sueños se enmarañan tantas veces,
a falta de un cielo límpido, azul esperanza.

Las 5 y un poco más y ya casi entro al metro,
alguien grita por mí,
pero no sabe mi nombre
y bajo en rápida huida por las escaleras,
voz de hombre imponente,
de asalto, que no obedezco,
pues la ciudad me enseñó,
el inquieto sentido de la duda.

Ciudad de motos, limones en la calle, tomates,
parada de buses, ciudad a pedrada limpia. Ciudad sitiada.
Ando lejos. Y yo que soñé un pedazo de cielo,
tengo también mi propio horizonte de marañas,

cuatro paredes que también apresan.


¿Cuánto costará
un pedazo de cielo para todos?



Petare, 18 de septiembre de 2013.

domingo, 5 de mayo de 2013

Caracas, espacio amoroso

Nacida en la ciudad de Maracay, después de vivir dos años y medio en Mérida y regresar de nuevo a Caracas -aunque estoy en las afueras-, me reencuentro con amor en esta ciudad, pese a que tanto deseo abandonarla... A veces el amor es así. Hay un amor profundo con esta urbe en la que encuentro poesía, dureza, solidaridad, espacios amables, lucha tenaz por la sobrevivencia, ternura infinita en tantos gestos de liviandad.
Y es que como pensaba en estos días, me une a esta ciudad no solo el mucho tiempo que en ella he vivido, sino mi propia historia: en la vieja zona de La Pastora nació mi madre Isabel y así vivió en varias localidades hasta marcharse pequeña a Maracay con su padre. Igual, mi abuelo Dionisio Maracara, oriundo de Choroní, también pasó muchos años aquí hasta su muerte y es sitio donde ha vivido y vive buena parte de mi familia. ´
Por amor a ella, descubriendo sus rincones, ahora la descubro a través de la fotografía. Hoy rebuscando cosas en mi computadora, me encontré con este poema de Cabrujas y pensé que no era casualidad, que debía dejar constancia de mi afecto a esta ciudad, que tanto me ha dado.




No hay fanfarrias solemnes


Circa 1978

Conviene recordar a veces
Que se trata de un valle y de unas gentes
Y de un lugar de paso
Que nadie vino a quedarse demasiado
Porque todos los carteles que medían la distancia
Hablaban de exilio y mientras tanto
Que las casas se entendían en los planos
Con esa facilidad de los cuadrados
Que no hubo un ser con imaginación de triángulo
Que fue un lugar de obstinados terremotos
Que Catedral fue un por decir y no una torre
Que eran hombres de prisa
Y que cualquier constancia partió de una derrota
Conviene recordar que fue ciudad de locos
Al norte de una empresa
Que entrar en ella era bajar de la montaña
Y que todo iba a ser mejor mañana
Que una cosa antes de ser, se parecía
Así la gente, así la música
Así esta historia
Siempre al norte, mientras tanto y por si acaso.