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jueves, 16 de noviembre de 2017

Frijol y la nostalgia


Hace pocos días que Matty se fue del país. No era su dueña, era la vecina que lo adoraba y a quien él maullaba por la ventana de la cocina para que le diera cobijo cuando su ama verdadera salía de casa. Hay que decir que Matty perdonaba todas sus imprudencias, como saltar en un segundo piso, desde la reja hasta su ventana, con el peligro de caer como un plátano al piso y gastar alguna de sus siete vidas. Aunque su contextura habla de que su familia humana no se detenía en recuentos calóricos, la vecina lo consentía con golosinas extras, de esas que no salen de una caja de comida seca, apta para felinos, además de rascarle la barriga y disfrutar cada uno de sus gestos. Así que cada tarde maullaba en la entrada de su casa, sentado en la alfombra o hacía la pirueta mortal que lo acercaba a la morada de sus sueños. Pero ya van tres días que Matty no llega; Frijol no sabe que la gente se está mudando del país por causas muy ajenas a su transitar de amarillos ojos sabios. Cada día la espera.

Hoy lo vi en el estacionamiento, solo, esperando. No conocí antes a un gato tan despechado por un amor imposible, marcado por el exilio involuntario. “Todo pasa, Frijol”, le digo, pero él no entiende de este adiós sin despedidas.

Texto y foto: Carmen Isabel Maracara

viernes, 12 de mayo de 2017

“Después de los 70 años cualquier cosa puede ocurrir”



Ángel Tortosa, un esclavo de la poesía

Revisando escritos, encontré esta entrevista que realicé en 2011 y nunca llegó a publicarse. Hoy el Abuelo Ángel tiene 85 años y más de 3000 poemas en su haber. Ha sido un verdadero privilegio conocerle y cultivar una amistad. Con grandes dificultades económicas, continúa, sin embargo, siempre con una frase de aliento en cada encuentro

Por Carmen Isabel Maracara / Foto: Reinaldo Poleo, cortesía de Ángel Tortosa



“Me llamo Ángel Gerónimo Tortosa Bello, pero me dicen El abuelo Ángel. Soy hijo de Gregorio Facundo Tortosa y Teolinda Bello de Tortosa. Nací en una hacienda de la Caracas de antaño, el 30 de septiembre de 1930, en La Guairita. Allí pasé poco tiempo, porque mi papá se mudó a un sitio que llamaban El Paraíso, que es donde está Altamira… Cuando era joven me agradaba muchísimo oír poesía, sobre todo de un declamador llamado Luis Edgardo Ramírez, quien estaba considerado entonces una gloria de la declamación, en aquel tipo de poesía que más o menos es la que yo hago. A mí y a la mayoría de la gente le encantaba esa poesía; en ese tiempo, las canciones eran poemas con música. Creo que se fue anidando en mi mente eso de la poesía. También iba mucho al cine mexicano, argentino, pero sobre todo el mexicano, que se puso de moda con esos cantantes; la música de ellos tuvo la suerte de cuajar en toda la América y en Europa. Todavía la oigo y la aprecio mucho. Yo trabajaba como un animal, en cuestiones que hoy día, si volviera a nacer, no las haría; trabajé en mataderos, por ejemplo. Pero a mí me gustaba cantar; lo hacía para mí mismo, cuando iba manejando mi camión. Creo que nací con eso. Pero fueron pasando los años. Nunca tuve la intención de escribir. Cuando cumplí 70 años, más o menos, en el año 2000, un día vi a un señor, un hombre viudo que siempre andaba muy pulcro y le digo: ‘Oye, vale, tú siempre estás muy arreglado’. Nos reímos del asunto y llegué a la casa y escribí mi primer poema, El abuelo presumido”. 
“Grabo mis poemas con mi equipito, le pongo música de fondo y luego se los llevo a un amigo y me los graba en un CD y hago copias en la computadora. He batido récords, estoy seguro, de poemas grabados en mi voz, tengo un promedio de 600 en total. Creo que en ninguna parte del mundo existe un abuelo que haya grabado tanta poesía, en su voz, en su casa y que queden bien los discos. No piense que soy pretencioso porque diga eso, sino que Dios me dio la dicha de hacer esto”.
“Antes escribía mis poemas en una máquina de escribir viejita, ahora aprendí a hacerlo en la computadora. Lo de la computadora es una maravilla, yo escribí incluso un poema que se llama Mouse, y otro titulado El mundo del Internet; allí he oído mis canciones y artistas antiguos”.
“Mi primera aparición pública, leyendo mis poemas, fue en la escuela Ricardo Zuloaga, en los Chorros, donde estudiaba mi nieto. En la radio comencé hace como ocho años, en Radio Sensación, en un programa conducido por Miguel Ángel Fuentes, ya fallecido. Así fue como comencé a escribir y escribir, hasta que me he convertido en un esclavo de la poesía. He descuidado hasta mis cosas que tengo que hacer. Fíjate que me voy a rasurar, de repente me viene una idea y salgo, agarro un paño y vengo a escribir una frase. A estas alturas tengo 1108 poemas. En Inager también me publicaron un libro, y en el canal Vive, en un programa que se llama Fuente Viva, me hicieron uno que se llama El abuelo de la poesía. La editorial El Perro y la Rana, del Ministerio de la Cultura, me publicó recientemente un libro que se llama Los poemas del abuelo Ángel. También estuve una vez en el Festival Mundial de Poesía. Participo en actividades culturales del teatro Cantv, la Casa de la Diversidad en la Quinta Micomicona y en la Fundación Bigott”.
“A veces me da susto, y me digo: ‘Dios mío, ¿pero por qué me he vuelto adicto a esto?’, me preocupo porque le dedico mucho tiempo. Es que después de los 70 años en adelante cualquier cosa puede ocurrir. Entonces uno trata de sacarle el jugo, lo máximo. La ventaja de esta poesía, que no es moderna para nada, es que la gente, las masas, la entienden. Es como las canciones, esas enredadas, que no las oye nadie, pero sigue habiendo un gentío que escucha Noche de ronda, y todos la tararean. Eso me ha favorecido, así como mi edad. Yo voy al teatro Cantv casi todos los fines de semana, y cuando la muchacha dice: ‘Nuestro invitado permanente, el abuelo Ángel’, la gente aplaude. Me siento feliz de haber logrado que la poesía le guste a otras personas”.
“Uno tiene más interés de aprender que cuando joven y eso vale mucho. A la gente de mi edad les diría que si aprenden a tocar un poquito el cuatro, por ejemplo, les mejora su vida, como si aprenden a hacer alguna artesanía, pintura. Que traten de ser lo más útiles posibles, para sí mismos y para los demás. Yo me siento que valgo, que sirvo, sobre todo uno de los grandes pagos que tiene un artista, llámese artista, declamador, lo que sea, como lo es el aplauso. El aplauso es algo divino. Yo tengo un poema que en una de sus estrofas dice: ‘Con el dinero de aplausos, le compro alimento a mi alma’.
“Lo mío es totalmente desinteresado, no me he ganado un bolívar con esto, he gastado sí miles de bolívares de lo poco que gano porque tengo gastos: compré la computadora, la impresora, los Cd, papel, tinta, pero lo hago con gusto… Es como si estuviera trabajando para un paraíso, para un jardín, sin cobrarle nada”.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Guadiana


 A Manuel Almirall Vall

 
Me gusta la idea de un río que aparece y desaparece, sin muchas razones… se adelgaza bajo la tierra y dice “fuera humedad, fuera frío” y ansía el pecho profundo y ronco de la tierra, en donde quizás disfruta de ser lodazal, de no tocar ningún cuerpo, de no albergar ninguna rana, pez, liquen, planta acuática. Allí se abraza a la muerte como verdad última, respira el aire seco de quien ya no está. Ahoga todos sus gritos, penas, confidencias. Desaparece. Se vuelve silencio.

Pero un día, recuerda su vocación acuosa. “Guadiana, Guadiana, Guadiana”, le llama una voz conocida. Es un río con nombre de mujer. ¿El Guadiana? La verdad sonaría mejor La Guadiana, por esa A terminal que habla de sinuosidad. Entonces, puede que ese hálito femenino sea la causa de su intermitencia: una Guadiana que desea ser conquistada, que anda en romance con los otros elementos de la naturaleza, que juega a estar y no estar, que se deja seducir y coquetea. Quién sabe.  

Me parece poética la vocación de ese río. Va y viene. Sin razones. Sin dejar rastro. Y luego regresa, renovado, simple. Presente.
 
Carmen Isabel Maracara
31-12-2016

 

lunes, 24 de octubre de 2016

A salvo del caos


                                                              A Leo Posadas

 

Pasó el incendio

el bosque fue devastado,

su crepitar

irrumpió en el silencio.

 

Solo quedaste tú,

planta diminuta,

con un verde que apenas despuntaba

a escasos metros de las cenizas.

 

Te salvó tu condición de comienzo

o tu vocación de misantropía.

 

O acaso no fue tu voluntad

sino la gracia del pájaro

que esparció tu semilla

en medio de la nada

lejos de todo y de todos.

 

29-6-2016

(Del libro inédito Apenas sostenidos)

domingo, 28 de febrero de 2016

83 años: arroz y huellas dactilares




“Tengo 83 años, no me pida la cédula. Yo no compro por cédula. ¡Véndame los dos kilos de arroz! Ya yo hablé con el supervisor, con el vigilante; él me dejó subir. ¿Pero es que no me entiende? Tengo 83 años y una pierna más larga que la otra, yo sé que hoy no me toca comprar, pero ¿cómo hago, si cuando me tocaba no había arroz? Ah, que hable con el gerente? Ya voy”.
Le repite la misma historia. El fiscal supervisor dice que no, que es por número de cédula. Le explica al gerente del supermercado. La cola se detiene. La gente pregunta qué pasa, se comienza a generar tensión. Explico que es una señora muy mayor, que no debería estar en esto, les cuento lo de la pierna; la gente asiente con el silencio…, al menos no se alteran. Le digo al cajero que si no se lo venden, le doy los dos míos y él me responde que si hago eso, se me bloquea la posibilidad de comprar arroz esta semana en ese establecimiento. Le respondo que no importa. El cajero, visiblemente alterado, con angustia, dice que no puede estar más en ese puesto, que él no va a hacer eso, que le va a vender a la señora el arroz, así lo despidan y lo comparte con otro cajero de al lado, que hoy también lo pusieron en estas funciones no habituales para ellos. Los cajeros de siempre, acostumbrados a todas estas situaciones, lo más probable es que no se hubiesen doblegado.
La señora vuelve, cara triunfante. Que el gerente le dijo que sí. La supervisora del cajero le autoriza con un gesto. “Ponga su dedo pulgar derecho, ahora el izquierdo”. La señora pone el pulgar derecho, pero luego el  índice izquierdo. Pareciera no entender bien lo que está pasando, que tiene que poner sus dedos en una máquina captahuellas para que pueda hacer su compra. El pulgar izquierdo no pasa, porque tiene la huella dactilar borrada. “Es que son 83 años, se me borraron, yo no me las borré”. Se va con una sonrisa, con sus dos kilos de arroz y un paquete de galletas dulces. “Gracias por la ayuda”, me dice. El cajero y yo suspiramos. 

Carmen Isabel Maracara

domingo, 14 de octubre de 2012

El país de Juan Ernesto

En su mochila de regreso a España, Juanes se llevó todo el sabor de su tierra, el afecto, la alegría y sobre todo el orgullo de ser venezolano
 Texto: Carmen Isabel Maracara. Fotos: Maday Rivero Tupano
 
Juan Ernesto –Juanes para los conocidos-- tiene apenas cuatro años y medio y ya sabe con certeza lo que es la venezolanidad. Aunque ama su Cataluña natal, sabe de la diferencia de los besos y apurruños con sabor a trópico calentito por el sol, la algarabía de las casas familiares donde le celebran su acento español, su dominio del catalán y también su picardía, así como los chistes y el humor de su otra patria llamada Venezuela, de la que ya tiene una certeza de apropiación del territorio, pero sobretodo del territorio afectivo de una larga parentela que lo ama y que va conociendo un poco anonadado pero feliz, junto al perro -o mejor gosso en catalán-, con el que pudo jugar en una casa con patio o la playa radiante de un mar Caribe que le gusta y disfruta.
Con sus pantaloncitos cortos, su franelilla sencilla y su gorra de beisbol, parece un venezolanito más que acompaña a su mamá Maday de paseo, pero cuando habla, aparece el españolito que pide un helado de vainilla porque no sabe qué cosa es eso del mantecado o patatas fritas en vez de papitas fritas y dice “vale” en vez de chévere.
Pero su forma afectiva de ser y andar por el mundo es profundamente venezolana. ¿Cómo hizo su madre Maday en la brumosa Barcelona para hacerlo transitar en ésta, su otra nación, pese a no vivirla en carne propia? Pues seguro hubo muchas arepas los domingos en la mañana, una salsa vibrante cantada por ella mientras limpiaba la casa, los cuentos antes de dormir que hablan de rabipelados y morrocoyes, la mágica aparición por el Skype de unas tías que le hablan con un acento risueño y distinto, que le resuena en su interior.
Luego de un mes en Venezuela, observa un día la cédula de su mamá y lee: “Venezolana”, ante lo que exclama no sin cierta angustia y premura: “Mamá, ¡yo quiero también ser venezolano!”, solicitud que es respondida con un abrazo tranquilizador y un susurro: “No te preocupes, tú eres venezolano, así como español y catalán”. Juanes suspira y sonríe. Entonces es dueño también de las fábulas de morrocoyes y rabipelados, del arroz con leche con ralladura de limón y pizca de canela, coronado por una hojita de limón; de las arepas tiznadas de los fogones pueblerinos; de la pisca con su toque esencial de cebollín al último momento; del verano permanente; de las casas con porche y zaguán; de los heladitos de vasito con paleta; de la jalea de mango y la naiboa sabrosa, de las panelas de San Joaquín, el queso guayanés y la cuajada andina; de las gaitas que se adelantan varios meses a la Navidad; del tambor, del cuatro, el arpa, la bandola, la bandolina y las maracas; de la guasacaca y el sofrito, de la empanada y la reina pepeada y tantas otras cosas y querencias. Juan Ernesto ya se sabe dueño de un universo fraterno, de cadencia alegre, de ese país que es también orgullosamente suyo.

 
 
 
 

De regreso a casa

El país, cuando es ausencia, es dolorosamente real. Recuerdo una mañana en Barcelona, España, cuando al escuchar las notas del Alma Llanera, interpretadas por un arpista colombiano, al pie de la iglesia de la Sagrada Familia, lloré de nostalgia por este país que se me hacía escandalosamente lejano. Nunca faltaron durante los tres años que viví en esa ciudad por razones de estudio, nuestra gastronomía, la música venezolana y caribeña, el paisaje íntimo de los amigos y la familia vueltos fotos y recuerdos. Saltaba en el metro cuando escuchaba un acento como el mío y era inevitable intercambiar miradas de complicidad con el paseante y preguntar si era venezolano. De regreso, la primera encrucijada fue con el queso guayanés derretido dentro de una arepa recién salida del budare; los abrazos largos y sentidos con una extensa familia; devolver el tránsito hacia los amigos queridos. Siempre supe que regresaría, que mi país era mi geografía perfecta.