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lunes, 24 de diciembre de 2018

De bicis a triciclos... o al revés! O de cuando el Niño Jesús desoye los pedidos de bicicletas





Yo creo que tenía 3 a 4 años, no más. Mauricio, el menor de los 8 varones que me antecedieron, pero mayor que yo 2 años, era mi infaltable compañero de juegos, mi “hermanito”, al que reclamaban mis padres si no hacía todo el camino de colegio de mi mano, algo a lo que podía saltar porque él iba entre amigos y yo, muerta de celos, llegaba antes a casa para reafirmar que me había dejado sola en el camino y por tanto, él se ganaba un regaño. Pero eso fue más tarde, cuando yo cumplí 7 años y pude alcanzarlo en el colegio. Él ya llevaba dos años estudiando, por tanto ya tendría amigos y amigas con quienes hacía el recorrido, pero ahora me incorporaba yo, dispuesta a ocupar mi espacio único de hermana. Yo creo que tenía unos 3 años, el recuerdo se difumina. Compartíamos un triciclo, que además del conductor principal, tenía un puesto trasero para un acompañante. Quizás mis padres lo compraron así, de doble puesto, porque no había para comprar dos. Y claro está, ambos queríamos un triciclo. Yo lo recuerdo color verde. Pero como yo era la menor de 9 hermanos, la única niña, pues lloraba ante cualquier cosa, me antojaba de lo mío y lo no mío y la cosa solía salir bien. Pero esa vez no fue el caso. Mauricio siempre le tocaba el puesto de atrás, no había forma de que yo quisiera abandonar el puesto del conductor, por lo que al final terminábamos llorando los dos: él porque yo no cedía y yo, cuando me quitaban de allí mis padres. Pero ese día, mi papá se obstinó, dijo que no sería para ninguno de los dos y el triciclo fue a parar al techo de la casa. Mi papá lo lanzó al techo y sanseacabó. Creo que los dos enmudecimos. Han pasado los años y me siento todavía culpable por la pérdida del triciclo verde… Luego, ambos lo olvidamos. Hay que decir que Mauricio, tenía y tiene un corazón de oro. Pensé que ya de grande, la pena se volvería alegría que regresaría en forma de bicicleta, así que opté por pedir al El Niño Jesús el artilugio de dos ruedas, pero nunca llegó. Así que nunca aprendí en serio a manejar bicicleta. Y creo que Mauricio tampoco. Alguna vez una prima me prestó una, llamada “de paseo”, bajita, para principiantes y la manejé con torpeza algunas veces. Luego nunca más. ¡El triciclo verde no tuvo competencia!

Foto: ¡Habría que preguntar a Manuel Almirall-Vall de dónde la sacó!

jueves, 16 de noviembre de 2017

Frijol y la nostalgia


Hace pocos días que Matty se fue del país. No era su dueña, era la vecina que lo adoraba y a quien él maullaba por la ventana de la cocina para que le diera cobijo cuando su ama verdadera salía de casa. Hay que decir que Matty perdonaba todas sus imprudencias, como saltar en un segundo piso, desde la reja hasta su ventana, con el peligro de caer como un plátano al piso y gastar alguna de sus siete vidas. Aunque su contextura habla de que su familia humana no se detenía en recuentos calóricos, la vecina lo consentía con golosinas extras, de esas que no salen de una caja de comida seca, apta para felinos, además de rascarle la barriga y disfrutar cada uno de sus gestos. Así que cada tarde maullaba en la entrada de su casa, sentado en la alfombra o hacía la pirueta mortal que lo acercaba a la morada de sus sueños. Pero ya van tres días que Matty no llega; Frijol no sabe que la gente se está mudando del país por causas muy ajenas a su transitar de amarillos ojos sabios. Cada día la espera.

Hoy lo vi en el estacionamiento, solo, esperando. No conocí antes a un gato tan despechado por un amor imposible, marcado por el exilio involuntario. “Todo pasa, Frijol”, le digo, pero él no entiende de este adiós sin despedidas.

Texto y foto: Carmen Isabel Maracara

sábado, 31 de diciembre de 2016

Guadiana


 A Manuel Almirall Vall

 
Me gusta la idea de un río que aparece y desaparece, sin muchas razones… se adelgaza bajo la tierra y dice “fuera humedad, fuera frío” y ansía el pecho profundo y ronco de la tierra, en donde quizás disfruta de ser lodazal, de no tocar ningún cuerpo, de no albergar ninguna rana, pez, liquen, planta acuática. Allí se abraza a la muerte como verdad última, respira el aire seco de quien ya no está. Ahoga todos sus gritos, penas, confidencias. Desaparece. Se vuelve silencio.

Pero un día, recuerda su vocación acuosa. “Guadiana, Guadiana, Guadiana”, le llama una voz conocida. Es un río con nombre de mujer. ¿El Guadiana? La verdad sonaría mejor La Guadiana, por esa A terminal que habla de sinuosidad. Entonces, puede que ese hálito femenino sea la causa de su intermitencia: una Guadiana que desea ser conquistada, que anda en romance con los otros elementos de la naturaleza, que juega a estar y no estar, que se deja seducir y coquetea. Quién sabe.  

Me parece poética la vocación de ese río. Va y viene. Sin razones. Sin dejar rastro. Y luego regresa, renovado, simple. Presente.
 
Carmen Isabel Maracara
31-12-2016

 

miércoles, 20 de julio de 2016

Dos cucharadas de mantequilla




a Omaira Etayo

Rebe le pide las arepas con mantequilla, no entiende por qué ahora son cada vez más delgaditas y de paso no tienen mantequilla. Esa aspereza es incomprensible cuando se tienen cinco años. 
"Tata, y esta vez sí me pondrás mantequilla?". La abuela adoptiva (o adoptada, nunca se está claro en estos casos), se queda en silencio, habla de otras cosas y a Rebe se le va olvidando el asunto, mientras sueña otros mundos con su Tata, que es bajita como una niña y por eso entiende de susurros menudos, de juegos, de fantasías absolutas. 
Ayer, una vecina donó dos cucharadas de mantequilla para Rebe. Sus ojos, abiertos como dos soles, celebraron la untuosidad amarilla que suavizará sus mágicas arepas. Pero Tata no se consuela, el regalo se hace amargo: la comprobación de la carencia y el miedo atroz de su permanencia. 


Carmen Isabel Maracara, 7-6-2016

Imagen: http://coloringbookfun.com/Food/originalimages/BUTTER.gif

domingo, 28 de febrero de 2016

83 años: arroz y huellas dactilares




“Tengo 83 años, no me pida la cédula. Yo no compro por cédula. ¡Véndame los dos kilos de arroz! Ya yo hablé con el supervisor, con el vigilante; él me dejó subir. ¿Pero es que no me entiende? Tengo 83 años y una pierna más larga que la otra, yo sé que hoy no me toca comprar, pero ¿cómo hago, si cuando me tocaba no había arroz? Ah, que hable con el gerente? Ya voy”.
Le repite la misma historia. El fiscal supervisor dice que no, que es por número de cédula. Le explica al gerente del supermercado. La cola se detiene. La gente pregunta qué pasa, se comienza a generar tensión. Explico que es una señora muy mayor, que no debería estar en esto, les cuento lo de la pierna; la gente asiente con el silencio…, al menos no se alteran. Le digo al cajero que si no se lo venden, le doy los dos míos y él me responde que si hago eso, se me bloquea la posibilidad de comprar arroz esta semana en ese establecimiento. Le respondo que no importa. El cajero, visiblemente alterado, con angustia, dice que no puede estar más en ese puesto, que él no va a hacer eso, que le va a vender a la señora el arroz, así lo despidan y lo comparte con otro cajero de al lado, que hoy también lo pusieron en estas funciones no habituales para ellos. Los cajeros de siempre, acostumbrados a todas estas situaciones, lo más probable es que no se hubiesen doblegado.
La señora vuelve, cara triunfante. Que el gerente le dijo que sí. La supervisora del cajero le autoriza con un gesto. “Ponga su dedo pulgar derecho, ahora el izquierdo”. La señora pone el pulgar derecho, pero luego el  índice izquierdo. Pareciera no entender bien lo que está pasando, que tiene que poner sus dedos en una máquina captahuellas para que pueda hacer su compra. El pulgar izquierdo no pasa, porque tiene la huella dactilar borrada. “Es que son 83 años, se me borraron, yo no me las borré”. Se va con una sonrisa, con sus dos kilos de arroz y un paquete de galletas dulces. “Gracias por la ayuda”, me dice. El cajero y yo suspiramos. 

Carmen Isabel Maracara

miércoles, 6 de enero de 2016


Los Reyes… malos



                                                                                   A Marcos Ignacio Maracara Spinella

La Navidad y toda la extensión de la fiesta que se inicia en el Adviento, tiene como protagonistas o principales destinatarios, a los niños, para quienes es realmente mágico el hecho de que unos días se consagren a la alegría y sobre todo a los regalos, que ellos esperan con ansias. Con el paso de los años, quienes formamos el batallón de los adultos, contemplamos con verdadera ternura esa manifestación de los más pequeños y así se nos vuelve a hacer patente la presencia de ese niño Jesús que renace repartiendo esperanza. Regalos sencillos o sofisticados, gestos inmateriales de cariño, comida especial que en estas latitudes se expresa con hallacas, bollos, pan de jamón, torta negra, pernil, según el bolsillo y gustos de cada quien; aguinaldos, villancicos, parrandas, gaitas, todo se suma para hacer de las fiestas decembrinas un evento realmente especial.

Con la llegada de enero, tal espíritu comienza a diluirse y comenzamos lentamente (o drásticamente, según quien sea) a incorporarnos a la rutina diaria, pero se asoma, sin embargo, otro día de fiesta, una segunda oportunidad, diría yo, para el regalo que no se hizo presente en la Nochebuena (hay que aclarar que es así en Venezuela y toda América Latina, creo, porque en España, por ejemplo, los regalos los dan los Reyes Magos y en Estados Unidos y otras naciones del orbe lo hace Santa Claus, Papa Noel o San Nicolás. Cuando yo era niña, el modesto regalo que nos tocaba por estas fechas nos los traía el Niño Jesús el 24 a la medianoche (si uno estaba dormido, porque si se despertaba, no había regalo; una regla que sin embargo Mauricio, el menor de mis hermanos y yo, intentábamos romper, pero que nunca podíamos: ver al niño, que como ángel venido del cielo, nos traía los regalos, porque siempre terminábamos dormidos). Pero luego, para el 6 de enero, venían los Reyes Magos con otra oportunidad, quizás allí si estaba el regalo soñado, el que faltó o un complemento. Entonces colocábamos los zapatos cerca del nacimiento y el arbolito color plateado que estuvo por años en casa, bajo las instrucciones de nuestra madre Isabel y a la mañana siguiente, ¡sorpresa! Pero hay que decir que mamá-Reyes Magos, aprovechaba este momento para hacer gala de su humor para conjurar la escasez: dentro de los zapatos aparecía una cebolla,o un pan duro y a lo sumo, un “fuerte” (una moneda de 5 bolívares de entonces). Primero era como un balde de agua fría y luego nos reíamos de estos reyes tan simpáticos, tan echadores de broma ellos, que venían de tan lejos a poner cebollas en nuestros zapatos, pese a que se decía que eran ricos y traían oro, incienso y mirra.

Pasados los años, muchos años, mi sobrino Marcos Ignacio, con unos tres años creo, como sus padres son ingenieros y él pasaba el día entre objetos de construcción, máquinas, palas, obreros, etc, llegada la Navidad y el momento de hacerle la carta al niño Jesús, pidió lo siguiente: “Niño Jesús, quiero una pala, una carretilla y un pico”. Bueno, demás está decir que nos reíamos mucho de tal petición (a sus espaldas claro está) y cada vez que iba alguien a visitarlo, le pedíamos que le preguntara qué le iba a pedir al niño Jesús y él invariablemente decía: “una pala, una carretilla y un pico”. Claro, como era pequeño y se podía hacer daño con esos objetos de tamaño para un adulto, él quería unos para él, con los que sí pudiera jugar. El problema fue conseguir la pala, la carretilla y el pico… Lo que primero fue risa, luego fue una complicación. Al final sus padres obtuvieron una pala pequeña, una carretilla de adulto pero ligera y no tan grande, pero el pico la verdad que era algo peligroso. La mañana en que abrió los regalos sus ojos brillaron cuando destapó el primero y vio la pala, luego la carretilla… ¿Pero y el pico?, preguntó.  No había pico, tuvo por respuesta. Entonces a todo el mundo le decía: “El niño Jesús, no tiene pico”. En fin, era un regalo tan sencillo y no tenía pico este hijo amado de nuestro Señor. Mi amiga Magali, a quien le narré la historia, cuando me preguntaba por él, no lo hacía por su nombre, Marcos Ignacio, sino que me preguntaba: “¿Y cómo está el Pala-pico?”.

Él estaba feliz con su carretilla y su pala, pero cada cierto tiempo se acordaba y me preguntaba: “¿El niño Jesús no tiene pico?”  Entonces, a sabiendas que mi hermano Marcos y su esposa María, estaban tratando de resolver lo del pico, yo me acordé de la segunda oportunidad de los Reyes Magos y le dije: “Mira, hay unos Reyes, que son magos. Ellos también traen regalos. Dile a tus papás que le digan a los Reyes Magos que te traigan el pico”. Entonces él, con su mayor cara de asombro, me preguntó: “¿Los Reyes Malos?”, ¿Le pido el pico a los Reyes Malos?”. Fue difícil explicarle que no eran malos, sino magos, pero de todas maneras para él no era tan importante la distinción, lo importante es que le podrían traer el pico. Ya no recuerdo si estas majestades trajeron el pico, creo que poco tiempo después llegó el susodicho instrumento. Pero igual, cuando se acercó enero 2016 y la fiesta de los Reyes Magos, me acordé del Pala-Pico y sus requerimientos.

 

Carmen Isabel Maracara

6-1-2015

domingo, 22 de marzo de 2015

¿Hay vida?


 
 
“¿Hay vida?”, preguntó el hombre en las escaleras hacia el Metro y quien lo acompañaba hizo un largo comentario, desilvanando la inquietud.

¿Hay vida?; la indagación de todo el planeta cuando el hombre pisó la superficie agujereada del pequeño satélite, que todavía alienta misiones, fuera de este punto minúsculo de la vía láctea dónde habitamos.

¿Hay vida?, se preguntó Pasteur cuando intuyó que diminutos seres habitaban en las manos de los médicos, capaces de llevar vertiginosamente a la tumba a las  parturientas, muertes que se sucedían unas tras otras, que luego se supo eran los microbios. El sencillo gesto de lavar las manos antes de las cirugías y de todo acto médico evitó mortandades.

¿Hay vida?, se dijo a sí mismo el moribundo ante su inminente adiós, con la angustia de quien ya no poseía la certeza de un futuro, de si su alma merecería el cielo de los justos o el ardor eterno de quienes cometieron las equivocaciones humanas.

“¿Hay vida?”, fue la pregunta que hizo un hombre de mediana edad a otro, en el Metro, mientras las masas se agolpaban camino a la escalera, asfixiadas. Ellos no hablaban de ninguna de esas vidas. Era un argot. Aludían a un negocio posible, dinero de por medio, una transacción a lo mejor de dudosa reputación, quien sabe... “¿Tendré vida, hoy?”, me pregunto, mientras termino de subir la cuesta a lo cotidiano y me sonrío ante la compleja sencillez del lenguaje.

Carmen Isabel Maracara 
 
(Crónica)
 
8 de julio de 2012
Foto: AVN

domingo, 5 de octubre de 2014

El glorioso café de Mercedes


A Mercedes, “la vendedora de café más antigua del mercado de Coche”


No es Mercedes, pero seguro la historia se repite


Mercedes se levantó una vez más a las cuatro de la mañana a preparar los tres cuatro termos gigantes de café. Agua fría para espantar el sueño, un pié primero y otro después, mientras sus hijos van también recibiendo rastros de sonido del trajinar de su madre que hace 15 años inició para levantarlos, a falta del padre que cada vez fue haciendo menos falta, a fuerza de no aparecer nunca.
La ducha termina y ya el agua está hirviendo para colar el café, hay que apurarse y hacer la masa para las arepas para que Ernesto –así podría llamarse- y María –otro nombre común- puedan llevarse en el estómago el desayuno antes de irse el primero a sus clases de Administración en el instituto y ella a su tiempo compartido entre su carrera de Publicidad y el trabajo; para que lleven en sus paladares algo del amor infinito que esta madre les regala cada día, para que recuerden a esta Mercedes que ya a las cinco de la madrugada está en la parada de la Cortada del Guayabo, luego de subir una cuesta desde San José de los Altos y esperar a veces diez minutos, a veces media hora, la camioneta que la llevará apenas cinco kilómetros más allá para desde allí tomar otra o un jeep hasta Coche e invadir el mercado con su sonrisa contagiosa, con su saludo tempranero, con su buen humor de mujer resuelta y orgullosa de siempre salir adelante.
Ella sola llevó a sus hijos a la universidad, allá apoyó una madre, después el abuelo, alguna vez el marido en los primeros tiempos de la separación. Luego fue el ir y venir cotidiano a vender en el mercado los tres termos de café, a veces cuatro –con leche ya no porque es un problema, no se consigue- y mantener el precio aunque el café suba, aunque el azúcar suba, aunque esté cansada, o si llueve, o si no hay transporte, o si el frío o la oscurana acechan.
Con la venta del café, sus dos hijos estudiaron primero en la escuelita pública, luego en el liceo y después en el instituto y universidad privada. “Hay que ir reuniendo, para pagar de contado”, dice; ya el muchacho va a salir y María –si así se llama- ya se graduó. “Hoy me fui a recorrer Catia, a buscar un carro –se refiere a una carrucha portátil. Las de las ruedas grandes son buenas, circulan rápido, pero parten la bolsa. Fui a buscar una italiana, son las mejores; yo la conseguí, pero vale mucho y no tenía, pero la voy a comprar. Tuve una buenísima, se me fue cayendo por partes y en el mercado me echaban broma porque la componía, la amarraba aquí, la arreglaba por allá; es que era muy buena….”. Y así me da una clase sobre todos los tipo de “carros” que hay para trasladar, en una bolsa plástica grande, los cuatro termos de café.
“Yo no como durante el día”, me dice, y ante mi asombro y pregunta responde: “Es que si lo hago, no rindo, porque el café se vende caminando y hay que distribuirlo antes que se enfríe. Comienzo a servirlo por todo el mercado a los carreteros, a los que venden, a los de siempre, pues y luego vuelvo recogiendo. Hoy, como a las dos, lo que me comí fue una empanada. Pero claro, tomo mucha agua, eso sí. Y ahorita que me compré esta chicha, que algo me alimenta. Ceno en la noche, en mi casa, pero tampoco mucho, los fines de semana sí, porque mi hija me cocina y me dice que tengo que comer. Pero trabajando no puedo”.
Y así veo a Mercedes con sus cuatro pesados termos de café, recorriendo todo el mercado, voceando su cafecito negro, primero en la fresca mañana pero luego pica el sol que se acerca al mediodía mientras va cobrando y vendiendo lo que queda; despertándose a las cuatro o a las tres y media de la madrugada y sin carro ni ayuda montarse en una camioneta, luego en un jeep –es difícil, lo supondrá, subir los cuatro termos en un jeep lleno de nueve personas y a lo mejor el puesto que queda está al final, aunque a veces los pasajeros colaboran y se ruedan para que Mercedes quede al lado de la puerta y le ayudan a subir su mercadería.
Ahora cuando veo en la ciudad, temprano en la mañana, varios vendedoras de café, pienso en Mercedes, “la vendedora más antigua del mercado de Coche”, que se replica en estas otras mujeres y hombres que de cafecito en cafecito han levantado su hogar, gente trabajadora que se gana la vida de moneda en moneda, voceando el negrito, el conleche, la manzanilla, esquivando los carros en la autopista: todos son Mercedes empujando la vida. Y pienso como Sabina, que si la “Magdalena pide un trago, tú la invitas a mil, que yo los pago”. Cómprenle los mil cafés, a Mercedes-Magdalena, que yo los pago, para que regrese temprano, para que descanse, para que la vida aguante.

Carmen Isabel Maracara

27-10-2007

foto: (https://farm5.staticflickr.com/4068/4438411330_5eb897abc4.jpg)

miércoles, 1 de octubre de 2014

La desamontonada

(Crónica)

 El terminal del Nuevo Circo en Caracas es un voceo interminable de historias rotas; unas creíbles, otras demasiado dramáticas para ser verdad. Quizás algunas honestas. A todos les falta algo, la venta se hace invocando una situación extrema: un muchacho que se recuperó de las drogas y vende agujas, otro que dice ser artesano y vende collares de dudosas piedras, chicos que perdieron un pasaje y andan desperdigados por la ciudad completando el dinero que falta, los eternos vendedores de chocolates, galletas, tarjetitas con mensajes amorosos o estampas religiosas.

Pero a veces es distinto, aunque se repite la petición.

Ella venía de los Valles del Tuy, dijo nombre y dirección exacta. Rondaba los 70 años. Se le enfermó la pareja, “está muy mayor y enfermo”. Pero ella no nació “para amontonarse, no se quiere quedar amontonada en la casa”. La casa enferma, la casa asfixia, comenta.

Necesita comprar medicinas para la hipertensión y otras cosas para el marido. Va riendo y contando historias, unas más divertidas que otras; no hay dramatismo en su presencia, sino más bien la alegría de quien disfruta el contacto de los otros; salir y respirar el aire denso de la ciudad, menos denso no obstante que el cuarto oscuro donde habita la pesadumbre, las carencias, las noticias de un cuerpo que se desgasta.

Cambia el nombre a los pasajeros que le dan dinero, mientras sonríe y nos devuelve la risa a todos: “Gracias Azucena”, me dice, “adiós Eustaquio”, “gracias Jesusita”, nombres todos poéticos, insólitos, de otro tiempo. Se baja y deja una estela de dulzura a su paso. Se olvida uno del polvo de afuera, de este terminal casi derruido, del cansancio de todos al final de la tarde.

 
Carmen Isabel Maracara
12/05/2012

domingo, 14 de octubre de 2012

El país de Juan Ernesto

En su mochila de regreso a España, Juanes se llevó todo el sabor de su tierra, el afecto, la alegría y sobre todo el orgullo de ser venezolano
 Texto: Carmen Isabel Maracara. Fotos: Maday Rivero Tupano
 
Juan Ernesto –Juanes para los conocidos-- tiene apenas cuatro años y medio y ya sabe con certeza lo que es la venezolanidad. Aunque ama su Cataluña natal, sabe de la diferencia de los besos y apurruños con sabor a trópico calentito por el sol, la algarabía de las casas familiares donde le celebran su acento español, su dominio del catalán y también su picardía, así como los chistes y el humor de su otra patria llamada Venezuela, de la que ya tiene una certeza de apropiación del territorio, pero sobretodo del territorio afectivo de una larga parentela que lo ama y que va conociendo un poco anonadado pero feliz, junto al perro -o mejor gosso en catalán-, con el que pudo jugar en una casa con patio o la playa radiante de un mar Caribe que le gusta y disfruta.
Con sus pantaloncitos cortos, su franelilla sencilla y su gorra de beisbol, parece un venezolanito más que acompaña a su mamá Maday de paseo, pero cuando habla, aparece el españolito que pide un helado de vainilla porque no sabe qué cosa es eso del mantecado o patatas fritas en vez de papitas fritas y dice “vale” en vez de chévere.
Pero su forma afectiva de ser y andar por el mundo es profundamente venezolana. ¿Cómo hizo su madre Maday en la brumosa Barcelona para hacerlo transitar en ésta, su otra nación, pese a no vivirla en carne propia? Pues seguro hubo muchas arepas los domingos en la mañana, una salsa vibrante cantada por ella mientras limpiaba la casa, los cuentos antes de dormir que hablan de rabipelados y morrocoyes, la mágica aparición por el Skype de unas tías que le hablan con un acento risueño y distinto, que le resuena en su interior.
Luego de un mes en Venezuela, observa un día la cédula de su mamá y lee: “Venezolana”, ante lo que exclama no sin cierta angustia y premura: “Mamá, ¡yo quiero también ser venezolano!”, solicitud que es respondida con un abrazo tranquilizador y un susurro: “No te preocupes, tú eres venezolano, así como español y catalán”. Juanes suspira y sonríe. Entonces es dueño también de las fábulas de morrocoyes y rabipelados, del arroz con leche con ralladura de limón y pizca de canela, coronado por una hojita de limón; de las arepas tiznadas de los fogones pueblerinos; de la pisca con su toque esencial de cebollín al último momento; del verano permanente; de las casas con porche y zaguán; de los heladitos de vasito con paleta; de la jalea de mango y la naiboa sabrosa, de las panelas de San Joaquín, el queso guayanés y la cuajada andina; de las gaitas que se adelantan varios meses a la Navidad; del tambor, del cuatro, el arpa, la bandola, la bandolina y las maracas; de la guasacaca y el sofrito, de la empanada y la reina pepeada y tantas otras cosas y querencias. Juan Ernesto ya se sabe dueño de un universo fraterno, de cadencia alegre, de ese país que es también orgullosamente suyo.

 
 
 
 

De regreso a casa

El país, cuando es ausencia, es dolorosamente real. Recuerdo una mañana en Barcelona, España, cuando al escuchar las notas del Alma Llanera, interpretadas por un arpista colombiano, al pie de la iglesia de la Sagrada Familia, lloré de nostalgia por este país que se me hacía escandalosamente lejano. Nunca faltaron durante los tres años que viví en esa ciudad por razones de estudio, nuestra gastronomía, la música venezolana y caribeña, el paisaje íntimo de los amigos y la familia vueltos fotos y recuerdos. Saltaba en el metro cuando escuchaba un acento como el mío y era inevitable intercambiar miradas de complicidad con el paseante y preguntar si era venezolano. De regreso, la primera encrucijada fue con el queso guayanés derretido dentro de una arepa recién salida del budare; los abrazos largos y sentidos con una extensa familia; devolver el tránsito hacia los amigos queridos. Siempre supe que regresaría, que mi país era mi geografía perfecta.