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lunes, 24 de diciembre de 2018

De bicis a triciclos... o al revés! O de cuando el Niño Jesús desoye los pedidos de bicicletas





Yo creo que tenía 3 a 4 años, no más. Mauricio, el menor de los 8 varones que me antecedieron, pero mayor que yo 2 años, era mi infaltable compañero de juegos, mi “hermanito”, al que reclamaban mis padres si no hacía todo el camino de colegio de mi mano, algo a lo que podía saltar porque él iba entre amigos y yo, muerta de celos, llegaba antes a casa para reafirmar que me había dejado sola en el camino y por tanto, él se ganaba un regaño. Pero eso fue más tarde, cuando yo cumplí 7 años y pude alcanzarlo en el colegio. Él ya llevaba dos años estudiando, por tanto ya tendría amigos y amigas con quienes hacía el recorrido, pero ahora me incorporaba yo, dispuesta a ocupar mi espacio único de hermana. Yo creo que tenía unos 3 años, el recuerdo se difumina. Compartíamos un triciclo, que además del conductor principal, tenía un puesto trasero para un acompañante. Quizás mis padres lo compraron así, de doble puesto, porque no había para comprar dos. Y claro está, ambos queríamos un triciclo. Yo lo recuerdo color verde. Pero como yo era la menor de 9 hermanos, la única niña, pues lloraba ante cualquier cosa, me antojaba de lo mío y lo no mío y la cosa solía salir bien. Pero esa vez no fue el caso. Mauricio siempre le tocaba el puesto de atrás, no había forma de que yo quisiera abandonar el puesto del conductor, por lo que al final terminábamos llorando los dos: él porque yo no cedía y yo, cuando me quitaban de allí mis padres. Pero ese día, mi papá se obstinó, dijo que no sería para ninguno de los dos y el triciclo fue a parar al techo de la casa. Mi papá lo lanzó al techo y sanseacabó. Creo que los dos enmudecimos. Han pasado los años y me siento todavía culpable por la pérdida del triciclo verde… Luego, ambos lo olvidamos. Hay que decir que Mauricio, tenía y tiene un corazón de oro. Pensé que ya de grande, la pena se volvería alegría que regresaría en forma de bicicleta, así que opté por pedir al El Niño Jesús el artilugio de dos ruedas, pero nunca llegó. Así que nunca aprendí en serio a manejar bicicleta. Y creo que Mauricio tampoco. Alguna vez una prima me prestó una, llamada “de paseo”, bajita, para principiantes y la manejé con torpeza algunas veces. Luego nunca más. ¡El triciclo verde no tuvo competencia!

Foto: ¡Habría que preguntar a Manuel Almirall-Vall de dónde la sacó!

miércoles, 6 de enero de 2016


Los Reyes… malos



                                                                                   A Marcos Ignacio Maracara Spinella

La Navidad y toda la extensión de la fiesta que se inicia en el Adviento, tiene como protagonistas o principales destinatarios, a los niños, para quienes es realmente mágico el hecho de que unos días se consagren a la alegría y sobre todo a los regalos, que ellos esperan con ansias. Con el paso de los años, quienes formamos el batallón de los adultos, contemplamos con verdadera ternura esa manifestación de los más pequeños y así se nos vuelve a hacer patente la presencia de ese niño Jesús que renace repartiendo esperanza. Regalos sencillos o sofisticados, gestos inmateriales de cariño, comida especial que en estas latitudes se expresa con hallacas, bollos, pan de jamón, torta negra, pernil, según el bolsillo y gustos de cada quien; aguinaldos, villancicos, parrandas, gaitas, todo se suma para hacer de las fiestas decembrinas un evento realmente especial.

Con la llegada de enero, tal espíritu comienza a diluirse y comenzamos lentamente (o drásticamente, según quien sea) a incorporarnos a la rutina diaria, pero se asoma, sin embargo, otro día de fiesta, una segunda oportunidad, diría yo, para el regalo que no se hizo presente en la Nochebuena (hay que aclarar que es así en Venezuela y toda América Latina, creo, porque en España, por ejemplo, los regalos los dan los Reyes Magos y en Estados Unidos y otras naciones del orbe lo hace Santa Claus, Papa Noel o San Nicolás. Cuando yo era niña, el modesto regalo que nos tocaba por estas fechas nos los traía el Niño Jesús el 24 a la medianoche (si uno estaba dormido, porque si se despertaba, no había regalo; una regla que sin embargo Mauricio, el menor de mis hermanos y yo, intentábamos romper, pero que nunca podíamos: ver al niño, que como ángel venido del cielo, nos traía los regalos, porque siempre terminábamos dormidos). Pero luego, para el 6 de enero, venían los Reyes Magos con otra oportunidad, quizás allí si estaba el regalo soñado, el que faltó o un complemento. Entonces colocábamos los zapatos cerca del nacimiento y el arbolito color plateado que estuvo por años en casa, bajo las instrucciones de nuestra madre Isabel y a la mañana siguiente, ¡sorpresa! Pero hay que decir que mamá-Reyes Magos, aprovechaba este momento para hacer gala de su humor para conjurar la escasez: dentro de los zapatos aparecía una cebolla,o un pan duro y a lo sumo, un “fuerte” (una moneda de 5 bolívares de entonces). Primero era como un balde de agua fría y luego nos reíamos de estos reyes tan simpáticos, tan echadores de broma ellos, que venían de tan lejos a poner cebollas en nuestros zapatos, pese a que se decía que eran ricos y traían oro, incienso y mirra.

Pasados los años, muchos años, mi sobrino Marcos Ignacio, con unos tres años creo, como sus padres son ingenieros y él pasaba el día entre objetos de construcción, máquinas, palas, obreros, etc, llegada la Navidad y el momento de hacerle la carta al niño Jesús, pidió lo siguiente: “Niño Jesús, quiero una pala, una carretilla y un pico”. Bueno, demás está decir que nos reíamos mucho de tal petición (a sus espaldas claro está) y cada vez que iba alguien a visitarlo, le pedíamos que le preguntara qué le iba a pedir al niño Jesús y él invariablemente decía: “una pala, una carretilla y un pico”. Claro, como era pequeño y se podía hacer daño con esos objetos de tamaño para un adulto, él quería unos para él, con los que sí pudiera jugar. El problema fue conseguir la pala, la carretilla y el pico… Lo que primero fue risa, luego fue una complicación. Al final sus padres obtuvieron una pala pequeña, una carretilla de adulto pero ligera y no tan grande, pero el pico la verdad que era algo peligroso. La mañana en que abrió los regalos sus ojos brillaron cuando destapó el primero y vio la pala, luego la carretilla… ¿Pero y el pico?, preguntó.  No había pico, tuvo por respuesta. Entonces a todo el mundo le decía: “El niño Jesús, no tiene pico”. En fin, era un regalo tan sencillo y no tenía pico este hijo amado de nuestro Señor. Mi amiga Magali, a quien le narré la historia, cuando me preguntaba por él, no lo hacía por su nombre, Marcos Ignacio, sino que me preguntaba: “¿Y cómo está el Pala-pico?”.

Él estaba feliz con su carretilla y su pala, pero cada cierto tiempo se acordaba y me preguntaba: “¿El niño Jesús no tiene pico?”  Entonces, a sabiendas que mi hermano Marcos y su esposa María, estaban tratando de resolver lo del pico, yo me acordé de la segunda oportunidad de los Reyes Magos y le dije: “Mira, hay unos Reyes, que son magos. Ellos también traen regalos. Dile a tus papás que le digan a los Reyes Magos que te traigan el pico”. Entonces él, con su mayor cara de asombro, me preguntó: “¿Los Reyes Malos?”, ¿Le pido el pico a los Reyes Malos?”. Fue difícil explicarle que no eran malos, sino magos, pero de todas maneras para él no era tan importante la distinción, lo importante es que le podrían traer el pico. Ya no recuerdo si estas majestades trajeron el pico, creo que poco tiempo después llegó el susodicho instrumento. Pero igual, cuando se acercó enero 2016 y la fiesta de los Reyes Magos, me acordé del Pala-Pico y sus requerimientos.

 

Carmen Isabel Maracara

6-1-2015