viernes, 18 de septiembre de 2015

Sobre casas y moradas...

Gracias a Gabriel Impaglione, poeta argentino radicado en Italia, quien lleva el blog revistaislanegra.fullblog.com.ar y coordina el Festival La Palabra en el mundo, por traducir al italiano un texto de mi autoría, del libro Ser de Viento, incluido en la compilación Como Arena publicada por Monte Ávila Editores, para una "Piccola antologia di poeti latinoamericani", insertada en http://www.margutte.com/?p=7298,  revista online de literatura.



viernes, 10 de abril de 2015

La casa interior


 
 
La casa es este sitio que amasan mis manos, apenas un espacio tibio dentro de mi corazón donde puedo acurrucarme y rodearme con mis brazos. La casa es un baúl donde cabe mi risa, la de aquella niña rubia que jugaba con su hermano al fondo de su casa, de castillos y príncipes de reinados remotos. Donde está aquel llanto desconsolado del día de mi bautizo porque me dejaron olvidada encima de una mesa, quizás solo segundos, un siglo para mí. Es el lugar de mi silencio, donde acontece mi paz, mi sosiego interior, la calma para encontrarme conmigo misma, para hallarme. Donde está mi madre acompañándome en las noches, conjurando mis miedos; donde mi padre guarda sus listones, el serrín y la divertida viruta metálica que salta en el imán. Donde habita este amor que me colma y me proteje. Donde mis amigos hacen fiesta y se escucha la voz de Leyma, de Ana María, de Fabiola, de Jorge, de Petra, de tantos… Donde mis hermanos y yo compartimos la escasa comida de entonces o el divertido y abundante encuentro de los años más cercanos. Donde habita Dios en el señorío de mi vida.

 
Carmen Isabel Maracara
7-9-2007

domingo, 22 de marzo de 2015

¿Hay vida?


 
 
“¿Hay vida?”, preguntó el hombre en las escaleras hacia el Metro y quien lo acompañaba hizo un largo comentario, desilvanando la inquietud.

¿Hay vida?; la indagación de todo el planeta cuando el hombre pisó la superficie agujereada del pequeño satélite, que todavía alienta misiones, fuera de este punto minúsculo de la vía láctea dónde habitamos.

¿Hay vida?, se preguntó Pasteur cuando intuyó que diminutos seres habitaban en las manos de los médicos, capaces de llevar vertiginosamente a la tumba a las  parturientas, muertes que se sucedían unas tras otras, que luego se supo eran los microbios. El sencillo gesto de lavar las manos antes de las cirugías y de todo acto médico evitó mortandades.

¿Hay vida?, se dijo a sí mismo el moribundo ante su inminente adiós, con la angustia de quien ya no poseía la certeza de un futuro, de si su alma merecería el cielo de los justos o el ardor eterno de quienes cometieron las equivocaciones humanas.

“¿Hay vida?”, fue la pregunta que hizo un hombre de mediana edad a otro, en el Metro, mientras las masas se agolpaban camino a la escalera, asfixiadas. Ellos no hablaban de ninguna de esas vidas. Era un argot. Aludían a un negocio posible, dinero de por medio, una transacción a lo mejor de dudosa reputación, quien sabe... “¿Tendré vida, hoy?”, me pregunto, mientras termino de subir la cuesta a lo cotidiano y me sonrío ante la compleja sencillez del lenguaje.

Carmen Isabel Maracara 
 
(Crónica)
 
8 de julio de 2012
Foto: AVN

domingo, 5 de octubre de 2014

El glorioso café de Mercedes


A Mercedes, “la vendedora de café más antigua del mercado de Coche”


No es Mercedes, pero seguro la historia se repite


Mercedes se levantó una vez más a las cuatro de la mañana a preparar los tres cuatro termos gigantes de café. Agua fría para espantar el sueño, un pié primero y otro después, mientras sus hijos van también recibiendo rastros de sonido del trajinar de su madre que hace 15 años inició para levantarlos, a falta del padre que cada vez fue haciendo menos falta, a fuerza de no aparecer nunca.
La ducha termina y ya el agua está hirviendo para colar el café, hay que apurarse y hacer la masa para las arepas para que Ernesto –así podría llamarse- y María –otro nombre común- puedan llevarse en el estómago el desayuno antes de irse el primero a sus clases de Administración en el instituto y ella a su tiempo compartido entre su carrera de Publicidad y el trabajo; para que lleven en sus paladares algo del amor infinito que esta madre les regala cada día, para que recuerden a esta Mercedes que ya a las cinco de la madrugada está en la parada de la Cortada del Guayabo, luego de subir una cuesta desde San José de los Altos y esperar a veces diez minutos, a veces media hora, la camioneta que la llevará apenas cinco kilómetros más allá para desde allí tomar otra o un jeep hasta Coche e invadir el mercado con su sonrisa contagiosa, con su saludo tempranero, con su buen humor de mujer resuelta y orgullosa de siempre salir adelante.
Ella sola llevó a sus hijos a la universidad, allá apoyó una madre, después el abuelo, alguna vez el marido en los primeros tiempos de la separación. Luego fue el ir y venir cotidiano a vender en el mercado los tres termos de café, a veces cuatro –con leche ya no porque es un problema, no se consigue- y mantener el precio aunque el café suba, aunque el azúcar suba, aunque esté cansada, o si llueve, o si no hay transporte, o si el frío o la oscurana acechan.
Con la venta del café, sus dos hijos estudiaron primero en la escuelita pública, luego en el liceo y después en el instituto y universidad privada. “Hay que ir reuniendo, para pagar de contado”, dice; ya el muchacho va a salir y María –si así se llama- ya se graduó. “Hoy me fui a recorrer Catia, a buscar un carro –se refiere a una carrucha portátil. Las de las ruedas grandes son buenas, circulan rápido, pero parten la bolsa. Fui a buscar una italiana, son las mejores; yo la conseguí, pero vale mucho y no tenía, pero la voy a comprar. Tuve una buenísima, se me fue cayendo por partes y en el mercado me echaban broma porque la componía, la amarraba aquí, la arreglaba por allá; es que era muy buena….”. Y así me da una clase sobre todos los tipo de “carros” que hay para trasladar, en una bolsa plástica grande, los cuatro termos de café.
“Yo no como durante el día”, me dice, y ante mi asombro y pregunta responde: “Es que si lo hago, no rindo, porque el café se vende caminando y hay que distribuirlo antes que se enfríe. Comienzo a servirlo por todo el mercado a los carreteros, a los que venden, a los de siempre, pues y luego vuelvo recogiendo. Hoy, como a las dos, lo que me comí fue una empanada. Pero claro, tomo mucha agua, eso sí. Y ahorita que me compré esta chicha, que algo me alimenta. Ceno en la noche, en mi casa, pero tampoco mucho, los fines de semana sí, porque mi hija me cocina y me dice que tengo que comer. Pero trabajando no puedo”.
Y así veo a Mercedes con sus cuatro pesados termos de café, recorriendo todo el mercado, voceando su cafecito negro, primero en la fresca mañana pero luego pica el sol que se acerca al mediodía mientras va cobrando y vendiendo lo que queda; despertándose a las cuatro o a las tres y media de la madrugada y sin carro ni ayuda montarse en una camioneta, luego en un jeep –es difícil, lo supondrá, subir los cuatro termos en un jeep lleno de nueve personas y a lo mejor el puesto que queda está al final, aunque a veces los pasajeros colaboran y se ruedan para que Mercedes quede al lado de la puerta y le ayudan a subir su mercadería.
Ahora cuando veo en la ciudad, temprano en la mañana, varios vendedoras de café, pienso en Mercedes, “la vendedora más antigua del mercado de Coche”, que se replica en estas otras mujeres y hombres que de cafecito en cafecito han levantado su hogar, gente trabajadora que se gana la vida de moneda en moneda, voceando el negrito, el conleche, la manzanilla, esquivando los carros en la autopista: todos son Mercedes empujando la vida. Y pienso como Sabina, que si la “Magdalena pide un trago, tú la invitas a mil, que yo los pago”. Cómprenle los mil cafés, a Mercedes-Magdalena, que yo los pago, para que regrese temprano, para que descanse, para que la vida aguante.

Carmen Isabel Maracara

27-10-2007

foto: (https://farm5.staticflickr.com/4068/4438411330_5eb897abc4.jpg)

miércoles, 1 de octubre de 2014

La desamontonada

(Crónica)

 El terminal del Nuevo Circo en Caracas es un voceo interminable de historias rotas; unas creíbles, otras demasiado dramáticas para ser verdad. Quizás algunas honestas. A todos les falta algo, la venta se hace invocando una situación extrema: un muchacho que se recuperó de las drogas y vende agujas, otro que dice ser artesano y vende collares de dudosas piedras, chicos que perdieron un pasaje y andan desperdigados por la ciudad completando el dinero que falta, los eternos vendedores de chocolates, galletas, tarjetitas con mensajes amorosos o estampas religiosas.

Pero a veces es distinto, aunque se repite la petición.

Ella venía de los Valles del Tuy, dijo nombre y dirección exacta. Rondaba los 70 años. Se le enfermó la pareja, “está muy mayor y enfermo”. Pero ella no nació “para amontonarse, no se quiere quedar amontonada en la casa”. La casa enferma, la casa asfixia, comenta.

Necesita comprar medicinas para la hipertensión y otras cosas para el marido. Va riendo y contando historias, unas más divertidas que otras; no hay dramatismo en su presencia, sino más bien la alegría de quien disfruta el contacto de los otros; salir y respirar el aire denso de la ciudad, menos denso no obstante que el cuarto oscuro donde habita la pesadumbre, las carencias, las noticias de un cuerpo que se desgasta.

Cambia el nombre a los pasajeros que le dan dinero, mientras sonríe y nos devuelve la risa a todos: “Gracias Azucena”, me dice, “adiós Eustaquio”, “gracias Jesusita”, nombres todos poéticos, insólitos, de otro tiempo. Se baja y deja una estela de dulzura a su paso. Se olvida uno del polvo de afuera, de este terminal casi derruido, del cansancio de todos al final de la tarde.

 
Carmen Isabel Maracara
12/05/2012

jueves, 20 de marzo de 2014

El mundo es verde y sin embargo no hay ninguna esperanza

Les regalo este hermoso poema, con un título desgarrador y tan cierto, que sin embargo es la antítesis de la esperanza nostálgica del resto del texto.


El mundo es verde y sin embargo no hay ninguna esperanza

Si es cierto que el criminal
regresa al lugar de sus culpas,
tú deberías haber regresado al parque
donde hacíamos el amor
los domingos hacia el atardecer
y frecuentar también
el bar de nuestras citas
con sus rincones de oscuridad indispensable.

Y ese cine de barrio
que visitaba Gary Cooper
donde siempre salías con los ojos lluviosos
por la tristeza cursi del final
o la torpeza de mis manos
en la tibieza de tus muslos.

Si es cierto aquello
no habré perdido la fe de encontrarte
en los mismos lugares
donde hicimos del Amor
un crimen perfecto,

Miguel Méndez Camacho
Poeta colombiano

lunes, 25 de noviembre de 2013

Horizonte urbano


                                           A mis primos Juan Carlos Araujo y Rusnies Arimendi
                                            y claro está, a Maria Francheska Arismendis
 


 Allí los sueños se enmarañaron,...
junto a los postes de luz.
Cada esperanza rota se volvió hilo inservible
apenas sumado a lo negado desde siempre.

Son las 5 de la tarde en la Lebrún de Petare,
cae la noche y la calle se llena de incendios.

Hay que apurar el paso, pues los hilos,
que no son los de Ariadna,
pueden atraparte en su red de pólvora,
y la calle pasará a ser la casa de un rey en moto,
que a sus dieciséis años ,
gira y gira sobre su territorio
hasta arrinconarnos.

Y repito,
son las 5 de la tarde en Petare,
paso debajo del laberinto de cables de luz. .

Atrás se queda el dolor de muertes inexplicables,
el pesar de los desamparados de mi país,
cuyos sueños se enmarañan tantas veces,
a falta de un cielo límpido, azul esperanza.

Las 5 y un poco más y ya casi entro al metro,
alguien grita por mí,
pero no sabe mi nombre
y bajo en rápida huida por las escaleras,
voz de hombre imponente,
de asalto, que no obedezco,
pues la ciudad me enseñó,
el inquieto sentido de la duda.

Ciudad de motos, limones en la calle, tomates,
parada de buses, ciudad a pedrada limpia. Ciudad sitiada.
Ando lejos. Y yo que soñé un pedazo de cielo,
tengo también mi propio horizonte de marañas,

cuatro paredes que también apresan.


¿Cuánto costará
un pedazo de cielo para todos?



Petare, 18 de septiembre de 2013.

martes, 15 de octubre de 2013

Poesía y música para llevar...

La palabra la encontramos en muchos actos de nuestra vida, la poesía, la música, el arte. Ahora estos pines acompañan las propuestas de las libretas artesanales que producimos desde Palabra cierta: arte en papel, con imágenes de los artistas que amamos, de las ciudades que habitamos, los versos que nos acompañan. Por ahora está realizada esta producción y se aceptan propuestas personales. Para pedidos y mayor información escribir a mi correo carmenisabelmaracara@gmail.com o palabracierta1@gmail.com.









miércoles, 18 de septiembre de 2013

Adiós a Juan Luis Panero


No conocí Venecia en mis andanzas por Europa, pero sí alcancé la añoranza de esos espacios no alcanzados o acaso en despedida absoluta... Buscando la autoría de una frase que se me parece "me gustaría acostumbrarme a ser feliz", que pensé era de este gran poeta español, me encontré con que hoy falleció, a los 71 años. Y con él, mi posibilidad quizás extinta de volver a una Venecia jamás conocida. Aquí su poema que tanto me conmueve:

Venecia (1959)

Queda una terca decisión
no sé por qué la quiero
si no no te puedo ser sincero
—ya aplazada para siempre—
y el reflejo del agua en los canales,
una noche luminosa de abril.
El exaltado adolescente se repite:
«Volveré a Venecia, con una mujer,
para ser feliz,
verdaderamente feliz».
Típicos y tópicos, los deseos y los sueños;
no menos absurda la realidad que aguardaba.
Nunca he vuelto, no volveré jamás,
pero, a veces, muy de tarde en tarde, una fotografía,
un guiño irónico de la memoria, me devuelven
las estrellas perdidas de aquel cielo,
el golpe del remo en el agua nocturna.

Juan Luis Panero (En: Enigmas y despedidas, 1999)


domingo, 5 de mayo de 2013

Caracas, espacio amoroso

Nacida en la ciudad de Maracay, después de vivir dos años y medio en Mérida y regresar de nuevo a Caracas -aunque estoy en las afueras-, me reencuentro con amor en esta ciudad, pese a que tanto deseo abandonarla... A veces el amor es así. Hay un amor profundo con esta urbe en la que encuentro poesía, dureza, solidaridad, espacios amables, lucha tenaz por la sobrevivencia, ternura infinita en tantos gestos de liviandad.
Y es que como pensaba en estos días, me une a esta ciudad no solo el mucho tiempo que en ella he vivido, sino mi propia historia: en la vieja zona de La Pastora nació mi madre Isabel y así vivió en varias localidades hasta marcharse pequeña a Maracay con su padre. Igual, mi abuelo Dionisio Maracara, oriundo de Choroní, también pasó muchos años aquí hasta su muerte y es sitio donde ha vivido y vive buena parte de mi familia. ´
Por amor a ella, descubriendo sus rincones, ahora la descubro a través de la fotografía. Hoy rebuscando cosas en mi computadora, me encontré con este poema de Cabrujas y pensé que no era casualidad, que debía dejar constancia de mi afecto a esta ciudad, que tanto me ha dado.




No hay fanfarrias solemnes


Circa 1978

Conviene recordar a veces
Que se trata de un valle y de unas gentes
Y de un lugar de paso
Que nadie vino a quedarse demasiado
Porque todos los carteles que medían la distancia
Hablaban de exilio y mientras tanto
Que las casas se entendían en los planos
Con esa facilidad de los cuadrados
Que no hubo un ser con imaginación de triángulo
Que fue un lugar de obstinados terremotos
Que Catedral fue un por decir y no una torre
Que eran hombres de prisa
Y que cualquier constancia partió de una derrota
Conviene recordar que fue ciudad de locos
Al norte de una empresa
Que entrar en ella era bajar de la montaña
Y que todo iba a ser mejor mañana
Que una cosa antes de ser, se parecía
Así la gente, así la música
Así esta historia
Siempre al norte, mientras tanto y por si acaso.








viernes, 15 de marzo de 2013

El amor de Bolívar y Manuela

Fueron amantes silvestres, irredentos, que en los fragores de la guerra no abandonaron las palabras bellas que hablaban de un encuentro carnal, espiritual, político. Desde que nació el amor, hasta los últimos días del gran Simón Bolívar, las cartas mantuvieron la presencia viva de abrazo que la guerra no dejaba llegar. Así, ya enfermo, él escribió a Manuela: "Donde te halles, allí mi alma hallará el alivio de tu presencia aunque lejana". Para homenajear este amor, realicé estas libretas artesanales, (tamaño media carta) con fragmentos de epístolas y fotos de graffitis urbanos -salvo un cuadro de Guayasamín- imágenes tomadas por Beatriz García Cardona, por mí y una tomada de la web pues el original se halla en las calles del legendario barrio de La Candelaria, en Bogotá, Colombia. Lleva un marcalibros tejido, la portada es en cartón gris, el cuerpo de la libreta está realizado en papel bond y papel kraft. Una excusa para vincularse también con el amor que todo lo enlaza.





Para encargarlas, me pueden escribir al email carmenisabemaracara@gmail.com o carmenisabel@yahoo.com.

sábado, 2 de marzo de 2013

Por amor a la palabra y a la encuadernación






Desde niña, el amor por las palabras, por la poesía, también se expresó en la necesidad de realizar, con mis propias manos, pequeños libros artesanales, hechos con paciente ternura, para aquellos amigos que perseguía con mis expresiones desmesuradas de afectos... Libros-antologías, libros para decir que la poesía era la vida. Luego hice un largo taller, ya adulta, de encuadernación, en la Universidad Nacional Abierta, que disfruté y del que salieron varios trabajos, pero el periodismo, con su carga de vértigo y los muchos retos cotidianos me hicieron abandonar esta actividad que hoy retomo.
Cuadernos artesanales, con fotos de hechos urbanos, del hecho poético, antologías sencillas de los autores y temas que amo, con portadas impresas a mano o con la ayuda de la computadora, en serigrafía, en sténcil, hojas de papel blanco y papel kraft -y ojalá pronto, artesanales también. En la medida que esta ha ido agarrando cuerpo, algunos amigos se han animado a pedirme cuadernos personalizados, con textos e imágenes de su preferencia, los que puedo elaborar contra pedido. Aquí una muestra de un cuaderno-libro de Matsuo Basho, el gran autor de haikus y una recopilación de textos y fotos de gatos, realizado con el apoyo de Beatriz García Cardona, de quien son todas las fotos y la recopilación de los poemas. Que disfruten este encuentro con la palabra, la imagen y la magia de lo artesanal, tanto como yo! Se aceptan encargos a través del correo carmenisabelmaracara@gmail.com, o palabracierta1@gmail.com.  Están en tamaño media carta. También en Instagram, en el usuario palabracierta, hay muestras de ellos y... fotos del día a día, con mirada lírica o heridos de cotidianidad.

Carmen Isabel,




domingo, 14 de octubre de 2012

El país de Juan Ernesto

En su mochila de regreso a España, Juanes se llevó todo el sabor de su tierra, el afecto, la alegría y sobre todo el orgullo de ser venezolano
 Texto: Carmen Isabel Maracara. Fotos: Maday Rivero Tupano
 
Juan Ernesto –Juanes para los conocidos-- tiene apenas cuatro años y medio y ya sabe con certeza lo que es la venezolanidad. Aunque ama su Cataluña natal, sabe de la diferencia de los besos y apurruños con sabor a trópico calentito por el sol, la algarabía de las casas familiares donde le celebran su acento español, su dominio del catalán y también su picardía, así como los chistes y el humor de su otra patria llamada Venezuela, de la que ya tiene una certeza de apropiación del territorio, pero sobretodo del territorio afectivo de una larga parentela que lo ama y que va conociendo un poco anonadado pero feliz, junto al perro -o mejor gosso en catalán-, con el que pudo jugar en una casa con patio o la playa radiante de un mar Caribe que le gusta y disfruta.
Con sus pantaloncitos cortos, su franelilla sencilla y su gorra de beisbol, parece un venezolanito más que acompaña a su mamá Maday de paseo, pero cuando habla, aparece el españolito que pide un helado de vainilla porque no sabe qué cosa es eso del mantecado o patatas fritas en vez de papitas fritas y dice “vale” en vez de chévere.
Pero su forma afectiva de ser y andar por el mundo es profundamente venezolana. ¿Cómo hizo su madre Maday en la brumosa Barcelona para hacerlo transitar en ésta, su otra nación, pese a no vivirla en carne propia? Pues seguro hubo muchas arepas los domingos en la mañana, una salsa vibrante cantada por ella mientras limpiaba la casa, los cuentos antes de dormir que hablan de rabipelados y morrocoyes, la mágica aparición por el Skype de unas tías que le hablan con un acento risueño y distinto, que le resuena en su interior.
Luego de un mes en Venezuela, observa un día la cédula de su mamá y lee: “Venezolana”, ante lo que exclama no sin cierta angustia y premura: “Mamá, ¡yo quiero también ser venezolano!”, solicitud que es respondida con un abrazo tranquilizador y un susurro: “No te preocupes, tú eres venezolano, así como español y catalán”. Juanes suspira y sonríe. Entonces es dueño también de las fábulas de morrocoyes y rabipelados, del arroz con leche con ralladura de limón y pizca de canela, coronado por una hojita de limón; de las arepas tiznadas de los fogones pueblerinos; de la pisca con su toque esencial de cebollín al último momento; del verano permanente; de las casas con porche y zaguán; de los heladitos de vasito con paleta; de la jalea de mango y la naiboa sabrosa, de las panelas de San Joaquín, el queso guayanés y la cuajada andina; de las gaitas que se adelantan varios meses a la Navidad; del tambor, del cuatro, el arpa, la bandola, la bandolina y las maracas; de la guasacaca y el sofrito, de la empanada y la reina pepeada y tantas otras cosas y querencias. Juan Ernesto ya se sabe dueño de un universo fraterno, de cadencia alegre, de ese país que es también orgullosamente suyo.

 
 
 
 

De regreso a casa

El país, cuando es ausencia, es dolorosamente real. Recuerdo una mañana en Barcelona, España, cuando al escuchar las notas del Alma Llanera, interpretadas por un arpista colombiano, al pie de la iglesia de la Sagrada Familia, lloré de nostalgia por este país que se me hacía escandalosamente lejano. Nunca faltaron durante los tres años que viví en esa ciudad por razones de estudio, nuestra gastronomía, la música venezolana y caribeña, el paisaje íntimo de los amigos y la familia vueltos fotos y recuerdos. Saltaba en el metro cuando escuchaba un acento como el mío y era inevitable intercambiar miradas de complicidad con el paseante y preguntar si era venezolano. De regreso, la primera encrucijada fue con el queso guayanés derretido dentro de una arepa recién salida del budare; los abrazos largos y sentidos con una extensa familia; devolver el tránsito hacia los amigos queridos. Siempre supe que regresaría, que mi país era mi geografía perfecta.   

sábado, 28 de julio de 2012

“La geografía revela e ilumina”

Jairo Rojas, Ganador del III Concurso Nacional de Poesía,  nos cuenta sobre su tránsito en la escritura a propósito de su galardón
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Texto: Carmen Isabel Maracara. Fotos: Cortesía Jairo Rojas


Jairo Rojas (Mérida 1980), ganador del III Concurso Nacional de Poesía, convocado por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello y cuyo veredicto fue anunciado durante la apertura del 9vo Festival Mundial de Poesía de Venezuela, recupera en sus palabras el paisaje familiar de su tierra de origen, devolviendo acaso la esencialidad que recibió de tal vivencia.
Su libro, La O azul, fue escogido por un jurado conformado por Luis Alberto Crespo, Enrique Hernández D'Jesus  y dos poetas extranjeros: la boliviana Jessica Freudenthal  y la mexicana Minerva Margarita Villarreal, convocados especialmente para este certamen que año tras año se enmarca dentro de la celebración del Festival Mundial de Poesía.
Mi familia pertenece a un pueblo del sur, San José del Sur, un pueblito típico andino, aislado, en la mitad de las montañas, muy rural y que tiene su forma peculiar de ver al mundo. De alguna manera lo rescato en ese libro, La O azul. Está presente en mí, a pesar de que estamos en un mundo globalizado, donde la tecnología es como el centro de todo. Pero hay un mundo paralelo acá mismo, cuenta.
Para él, es necesario indagar en estos universos íntimos, en los que el tiempo y la vida transcurren de otra manera.Hay que rescatar muchas cosas de allí. Creo que hay mucha poesía que te ilumina ciertas cosas. O cierta geografía te revela, desde lo evidente, cosas que no habías visto. La geografía ha influenciado mis primeros libros, hay en ellos mucha referencia a la naturaleza que conozco y en la que he pasado gran parte de mi vida, aunque en los nuevos textos estoy trabajando otras cosas, añade.
- ¿Es decir, que la escritura de este libro te ha permitido recuperar ese espacio? ¿Hay una especie de nostalgia anticipada sobre eso?
- Sí, también, realizar una especie de rescate. Hay cosas que vale la pena no desechar, por cuestiones que el mundo occidental y todo su aparataje va imponiendo. Uno de alguna manera se acopla a eso por necesidad y también por necesidades ficticias. Pero al final se puede decidir si se quiere seguir con eso o probar nuevas opciones o rescatar otras, por ejemplo.

Un camino reciente
Hace aproximadamente cinco años que Jairo Rojas comenzó a escribirseriamente, como él mismo arguye.Nació por una necesidad de expresión, muchas veces de desahogo, como de terapia, pero eso dio pie a interesarme mucho más por la escritura, por la lectura sobre todo. Surgió así, de manera espontánea. Y bueno, es lo que pasa con las grandes obras de arte, que te marcan: el haber leído algo, poetas que me gustaron mucho en esa época, que me han iluminado. De eso se trata también: de encontrar una suerte de respuesta a las clásicas preguntas de siempre, Y fue así: comencé a leer con mucho amor y eso fue la diferencia. Y luego que descubrí la poesía, ya cambié, es otra cosa.
Entre los escritores venezolanos que le han resonado en su propia voz se encuentran Luis Alberto Crespo y Ramón Palomares.Me gusta mucho lo que ha hecho y hace Luis Alberto Crespo, su trabajo tiene mucha referencia a su lugar de origen, que es como fundar un lugar nuevamente y a partir de allí, como centro, describir o expresar otras experiencias, de otra índole, pero siempre hay un contexto muy marcado. Y también Ramón Palomares;  siento una gran afinidad en el sentido de que su paisaje, su ambiente, es muy familiar, por el hecho de ser andino. Son influencias que están presentes, incluso inconscientemente.

Las otras expresiones
Jairo Rojas es Licenciado en Letras, mención Historia del Arte y se define como adicto a la música y al caminar. Su primer libro, La rendija de la puerta, resultó ganador de la IV Bienal de Literatura Ramón Palomares (2011). Participó en el año 2004 en el taller de creación literaria dirigido por Maria Isabel Novillo y Betulio Bravo. Ha sido profesor, bibliotecario, corrector.
Su pasión por otras esferas del arte, en especial la plástica, lo ha llevado a investigar en esta área y ha dado lugar a experiencias de perfomances, happenings, arte efímero en la calle y a la conducción de del blog dibujosalmargen.blogspot.com.Hay un puente entre diversas artes; entre la poesía y digamos algún video arte y algún performance, siempre existen algunas conexiones que me han interesado. Entonces mi formación también me ilumina con respecto a las letras.
En cuanto a la poesía que escribe luego del libro ganador de este concurso, confiesa transitar otros caminos diferentes, desmarcados un tanto del lar natal.También tengo otros textos de ensayo relativos al arte, que es algo que también me gusta mucho, sobre artistas y tendencias que de igual manera alimentan mi escritura, concluye.

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Un premio inesperado
La noticia de haber ganado el premio, confiesa, le sorprendió, por tratarse de un libro con un tópico rural, aunque la recibió con mucha alegría:Es una forma de retribuir lo que uno hace. El día anterior al anuncio, yo hablé con un amigo con respeto a ese libro y le decía que yo lo había enviado, pero que me sentía como desprendido de él y que por su concepto creía que no iba a tener aceptación, porque no está dentro del canon de lo que se escribe ahora, por tocar tópicos rurales, como dice el jurado, como místicos. Como se trataba de una zona muy particular del país, de una geografía muy exacta, pensé que no iba a conseguir lectores. Pero al final, como han dicho los grandes, uno escribe a partir de una necesidad, para mismo y sin embargo al escribir para mismo está incluyendo a mucha gente y puede ser portavoz incluso de una comunidad sin saberlo o inconscientemente. Entonces me alegró mucho recibir esa noticia. Yo lo hice como un humilde homenaje al lugar donde nací y a las personas que recuerdo de la infancia.

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lo que me digo, entonces, hermano
es que nos dejemos hundir
en el centro de su nombre  de agua
que no hemos podido tocar
que crucemos la ciudad fluvial para conocernos
que sigamos la ruta
de los que ya no están aquí y siguen
caminando
que no tengamos miedo de hundirnos en el templo
y postremos la cabeza en el agua
para tener, por fin, los pies sobre la tierra
sobre
azul sobre agua azul

(Fragmento de poema 1 del libro La O azul)


"Uno escribe a partir de una necesidad, para mismo y sin embargo al escribir para mismo está incluyendo a mucha gente y puede ser portavoz incluso de una comunidad sin saberlo o inconscientemente