sábado, 31 de diciembre de 2016

Guadiana


 A Manuel Almirall Vall

 
Me gusta la idea de un río que aparece y desaparece, sin muchas razones… se adelgaza bajo la tierra y dice “fuera humedad, fuera frío” y ansía el pecho profundo y ronco de la tierra, en donde quizás disfruta de ser lodazal, de no tocar ningún cuerpo, de no albergar ninguna rana, pez, liquen, planta acuática. Allí se abraza a la muerte como verdad última, respira el aire seco de quien ya no está. Ahoga todos sus gritos, penas, confidencias. Desaparece. Se vuelve silencio.

Pero un día, recuerda su vocación acuosa. “Guadiana, Guadiana, Guadiana”, le llama una voz conocida. Es un río con nombre de mujer. ¿El Guadiana? La verdad sonaría mejor La Guadiana, por esa A terminal que habla de sinuosidad. Entonces, puede que ese hálito femenino sea la causa de su intermitencia: una Guadiana que desea ser conquistada, que anda en romance con los otros elementos de la naturaleza, que juega a estar y no estar, que se deja seducir y coquetea. Quién sabe.  

Me parece poética la vocación de ese río. Va y viene. Sin razones. Sin dejar rastro. Y luego regresa, renovado, simple. Presente.
 
Carmen Isabel Maracara
31-12-2016

 

lunes, 24 de octubre de 2016

A salvo del caos


                                                              A Leo Posadas

 

Pasó el incendio

el bosque fue devastado,

su crepitar

irrumpió en el silencio.

 

Solo quedaste tú,

planta diminuta,

con un verde que apenas despuntaba

a escasos metros de las cenizas.

 

Te salvó tu condición de comienzo

o tu vocación de misantropía.

 

O acaso no fue tu voluntad

sino la gracia del pájaro

que esparció tu semilla

en medio de la nada

lejos de todo y de todos.

 

29-6-2016

(Del libro inédito Apenas sostenidos)

miércoles, 20 de julio de 2016

Dos cucharadas de mantequilla




a Omaira Etayo

Rebe le pide las arepas con mantequilla, no entiende por qué ahora son cada vez más delgaditas y de paso no tienen mantequilla. Esa aspereza es incomprensible cuando se tienen cinco años. 
"Tata, y esta vez sí me pondrás mantequilla?". La abuela adoptiva (o adoptada, nunca se está claro en estos casos), se queda en silencio, habla de otras cosas y a Rebe se le va olvidando el asunto, mientras sueña otros mundos con su Tata, que es bajita como una niña y por eso entiende de susurros menudos, de juegos, de fantasías absolutas. 
Ayer, una vecina donó dos cucharadas de mantequilla para Rebe. Sus ojos, abiertos como dos soles, celebraron la untuosidad amarilla que suavizará sus mágicas arepas. Pero Tata no se consuela, el regalo se hace amargo: la comprobación de la carencia y el miedo atroz de su permanencia. 


Carmen Isabel Maracara, 7-6-2016

Imagen: http://coloringbookfun.com/Food/originalimages/BUTTER.gif

domingo, 28 de febrero de 2016

83 años: arroz y huellas dactilares




“Tengo 83 años, no me pida la cédula. Yo no compro por cédula. ¡Véndame los dos kilos de arroz! Ya yo hablé con el supervisor, con el vigilante; él me dejó subir. ¿Pero es que no me entiende? Tengo 83 años y una pierna más larga que la otra, yo sé que hoy no me toca comprar, pero ¿cómo hago, si cuando me tocaba no había arroz? Ah, que hable con el gerente? Ya voy”.
Le repite la misma historia. El fiscal supervisor dice que no, que es por número de cédula. Le explica al gerente del supermercado. La cola se detiene. La gente pregunta qué pasa, se comienza a generar tensión. Explico que es una señora muy mayor, que no debería estar en esto, les cuento lo de la pierna; la gente asiente con el silencio…, al menos no se alteran. Le digo al cajero que si no se lo venden, le doy los dos míos y él me responde que si hago eso, se me bloquea la posibilidad de comprar arroz esta semana en ese establecimiento. Le respondo que no importa. El cajero, visiblemente alterado, con angustia, dice que no puede estar más en ese puesto, que él no va a hacer eso, que le va a vender a la señora el arroz, así lo despidan y lo comparte con otro cajero de al lado, que hoy también lo pusieron en estas funciones no habituales para ellos. Los cajeros de siempre, acostumbrados a todas estas situaciones, lo más probable es que no se hubiesen doblegado.
La señora vuelve, cara triunfante. Que el gerente le dijo que sí. La supervisora del cajero le autoriza con un gesto. “Ponga su dedo pulgar derecho, ahora el izquierdo”. La señora pone el pulgar derecho, pero luego el  índice izquierdo. Pareciera no entender bien lo que está pasando, que tiene que poner sus dedos en una máquina captahuellas para que pueda hacer su compra. El pulgar izquierdo no pasa, porque tiene la huella dactilar borrada. “Es que son 83 años, se me borraron, yo no me las borré”. Se va con una sonrisa, con sus dos kilos de arroz y un paquete de galletas dulces. “Gracias por la ayuda”, me dice. El cajero y yo suspiramos. 

Carmen Isabel Maracara

miércoles, 6 de enero de 2016


Los Reyes… malos



                                                                                   A Marcos Ignacio Maracara Spinella

La Navidad y toda la extensión de la fiesta que se inicia en el Adviento, tiene como protagonistas o principales destinatarios, a los niños, para quienes es realmente mágico el hecho de que unos días se consagren a la alegría y sobre todo a los regalos, que ellos esperan con ansias. Con el paso de los años, quienes formamos el batallón de los adultos, contemplamos con verdadera ternura esa manifestación de los más pequeños y así se nos vuelve a hacer patente la presencia de ese niño Jesús que renace repartiendo esperanza. Regalos sencillos o sofisticados, gestos inmateriales de cariño, comida especial que en estas latitudes se expresa con hallacas, bollos, pan de jamón, torta negra, pernil, según el bolsillo y gustos de cada quien; aguinaldos, villancicos, parrandas, gaitas, todo se suma para hacer de las fiestas decembrinas un evento realmente especial.

Con la llegada de enero, tal espíritu comienza a diluirse y comenzamos lentamente (o drásticamente, según quien sea) a incorporarnos a la rutina diaria, pero se asoma, sin embargo, otro día de fiesta, una segunda oportunidad, diría yo, para el regalo que no se hizo presente en la Nochebuena (hay que aclarar que es así en Venezuela y toda América Latina, creo, porque en España, por ejemplo, los regalos los dan los Reyes Magos y en Estados Unidos y otras naciones del orbe lo hace Santa Claus, Papa Noel o San Nicolás. Cuando yo era niña, el modesto regalo que nos tocaba por estas fechas nos los traía el Niño Jesús el 24 a la medianoche (si uno estaba dormido, porque si se despertaba, no había regalo; una regla que sin embargo Mauricio, el menor de mis hermanos y yo, intentábamos romper, pero que nunca podíamos: ver al niño, que como ángel venido del cielo, nos traía los regalos, porque siempre terminábamos dormidos). Pero luego, para el 6 de enero, venían los Reyes Magos con otra oportunidad, quizás allí si estaba el regalo soñado, el que faltó o un complemento. Entonces colocábamos los zapatos cerca del nacimiento y el arbolito color plateado que estuvo por años en casa, bajo las instrucciones de nuestra madre Isabel y a la mañana siguiente, ¡sorpresa! Pero hay que decir que mamá-Reyes Magos, aprovechaba este momento para hacer gala de su humor para conjurar la escasez: dentro de los zapatos aparecía una cebolla,o un pan duro y a lo sumo, un “fuerte” (una moneda de 5 bolívares de entonces). Primero era como un balde de agua fría y luego nos reíamos de estos reyes tan simpáticos, tan echadores de broma ellos, que venían de tan lejos a poner cebollas en nuestros zapatos, pese a que se decía que eran ricos y traían oro, incienso y mirra.

Pasados los años, muchos años, mi sobrino Marcos Ignacio, con unos tres años creo, como sus padres son ingenieros y él pasaba el día entre objetos de construcción, máquinas, palas, obreros, etc, llegada la Navidad y el momento de hacerle la carta al niño Jesús, pidió lo siguiente: “Niño Jesús, quiero una pala, una carretilla y un pico”. Bueno, demás está decir que nos reíamos mucho de tal petición (a sus espaldas claro está) y cada vez que iba alguien a visitarlo, le pedíamos que le preguntara qué le iba a pedir al niño Jesús y él invariablemente decía: “una pala, una carretilla y un pico”. Claro, como era pequeño y se podía hacer daño con esos objetos de tamaño para un adulto, él quería unos para él, con los que sí pudiera jugar. El problema fue conseguir la pala, la carretilla y el pico… Lo que primero fue risa, luego fue una complicación. Al final sus padres obtuvieron una pala pequeña, una carretilla de adulto pero ligera y no tan grande, pero el pico la verdad que era algo peligroso. La mañana en que abrió los regalos sus ojos brillaron cuando destapó el primero y vio la pala, luego la carretilla… ¿Pero y el pico?, preguntó.  No había pico, tuvo por respuesta. Entonces a todo el mundo le decía: “El niño Jesús, no tiene pico”. En fin, era un regalo tan sencillo y no tenía pico este hijo amado de nuestro Señor. Mi amiga Magali, a quien le narré la historia, cuando me preguntaba por él, no lo hacía por su nombre, Marcos Ignacio, sino que me preguntaba: “¿Y cómo está el Pala-pico?”.

Él estaba feliz con su carretilla y su pala, pero cada cierto tiempo se acordaba y me preguntaba: “¿El niño Jesús no tiene pico?”  Entonces, a sabiendas que mi hermano Marcos y su esposa María, estaban tratando de resolver lo del pico, yo me acordé de la segunda oportunidad de los Reyes Magos y le dije: “Mira, hay unos Reyes, que son magos. Ellos también traen regalos. Dile a tus papás que le digan a los Reyes Magos que te traigan el pico”. Entonces él, con su mayor cara de asombro, me preguntó: “¿Los Reyes Malos?”, ¿Le pido el pico a los Reyes Malos?”. Fue difícil explicarle que no eran malos, sino magos, pero de todas maneras para él no era tan importante la distinción, lo importante es que le podrían traer el pico. Ya no recuerdo si estas majestades trajeron el pico, creo que poco tiempo después llegó el susodicho instrumento. Pero igual, cuando se acercó enero 2016 y la fiesta de los Reyes Magos, me acordé del Pala-Pico y sus requerimientos.

 

Carmen Isabel Maracara

6-1-2015