miércoles, 20 de junio de 2012

“El festival rinde homenaje a los poetas que han estado a mi lado”


Enrique Hernandez D'Jesús: poeta, editor, fotógrafo y... cocinero

Texto: Carmen Isabel Maracara. Foto: AVN





Aprendió a amar la palabra cuando de niño escuchaba a su padre recitar versos que transitaban entre Andrés Eloy Blanco y la poesía colombiana de la época, animado por unos whiskys o unos “brandicitos”. El abuelo también lo llevó a indagar en el país hermano, pues de allí contrabandeaba caballitos de madera. El padre inventaba helados en su Mérida natal, rodeado de deliciosas mercaderías de gourmet, quesos, jamones: allí nació una vocación gastronómica. Y el amor hizo posible la mirada hacia la cámara: en la década de los 70, comenzó a fotografiar a artistas plásticos, pues fungía de director de la galería merideña la Otra Banda. La historia literaria del país se hizo también imagen, cajas, escritores embotellados.
Enrique Hernández de Jesús fue el homenajeado de la 9na edición del Festival Mundial de Poesía realizado en Venezuela del 17 al 23 de junio de 2012. O eso creemos. “Disculpa. No soy el poeta homenajeado. Tú estás hablando con Enrique Hernández D'Jesús; el homenajeado se llama El Catire Hernández, es decir, mi otro yo. Y el escritor homenajeado no soy yo, son todos los poetas que han estado a mi lado, mis maestros; los pintores, los creadores y artistas que han estado conmigo. Ellos son los homenajeados. Yo soy un vehículo, un vaso comunicador de Enrique Hernández D' Jesús”.

De doble familia literaria

- Quería comenzar hablando de tu familia, porque siempre en tu obra hay referencias a tus ancestros. ¿Por qué esa impronta de la memoria, cómo fue tu infancia? ¿Tu familia tiene que ver con tus inicios como poeta?

- Quizás eso tiene que ver con mis maestros…

- ¿Con tus maestros literarios?

- Sí : Salvador Garmendia, el Chino Valera Mora, Luis Camilo Guevara, Mario Abreu y Carlos Contramaestre, fundamental en mí, porque él me arropó y me introdujo dentro de su mundo para enseñarme cosas. Porque yo pensaba -ni siquiera lo decía- que me gustaría leer a Blanca Varela y por arte de magia, al otro día, Contramaestre se aparecía con un libro de ella. Leía mi pensamiento, sabía mis cosas, mis gustos.

- Era como tu tutor literario…

- Pero que además adivinaba lo que pensaba me podía gustar. Por supuesto, otro fue Ramón Palomares, con quien tengo una gran vinculación y que es un maestro que me continúa guiando. Después tengo mis hermanos: Luis Alberto Crespo, Luis Camilo Guevara, Caupolicán Ovalles, Pepe Barroeta, el propio Chino Valera Mora, aunque yo lo considero maestro y hermano, tiene las dos cosas; era también mi jefe político, de cierta manera. Pedro Parayma tuvo que ver mucho en mi infancia. Y salto de esa liebre, a camellos mejores: Juan Sánchez Peláez y Vicente Gerbasi, que son mis abuelos, pero son también maestros, tíos, padres, madres, comadres... Los poetas han sido muy importantes para mí.

- Tu familia…

- Mi familia, sí. Y el hecho de vivir en Mérida, de haber nacido allí, conocer ese mundo andino y escuchar cuando era niño a Ramón Palomares… Él fue como un puente que se abrió en el camino. Lo escuché recitar cuando yo tenía como 16 ó 17 años en Boconó; él mismo me llevó hasta allí, yo trabajaba y también escribía. Y me dije: “Un día yo voy a ser como él…’.

- ¿En qué trabajabas?

- A los 14 años fundé un ateneo en Mérida, que se llamaba Ateneo Venezolano Francés René Descartes. Y después, en 1964, hicimos una revista: Mundo Ideológico, eso fue en el año 1964, yo nací en 1947, tenía 17 años… Yo escribo un texto allí sobre Ludwing Van Bethoven. ¿Pero por qué ramificación llego yo a ese mundo? Es muy extraño, porque nací en una heladería; es decir, mi mundo son prácticamente los helados y un negocio de exquisitices de mi padre donde había jamones, quesos, chorizos, whisky, licores de todos los tipos. Yo trabajaba ahí; es decir que mi mundo era la fabricación de helados, los sabores. De allí, quizás, mi apreciación sobre el gusto.

Milagros gastronómicos

Su pasión por los fogones, nacida en la infancia por la fértil presencia de olores, sabores, llega hasta nuestros días. Inventor de historias y de platos, cuenta que cuando el hombre llegó a la luna, el 16 de julio de 1969, él estaba reunido en París con Marguerite Duras y Joyce Mansur, la última novia de André Breton, en la casa de Jean Michel Fossey y preparaba para ellos comida venezolana, un pabellón. Pero perdió la atención a la cocina durante los mágicos momentos en los que el astronauta pisaba el satélite terrestre y se quemó la comida. Tomó solamente las porciones superiores de las preparaciones, las arregló bellamente en bandejas y juró ante sus famosos comensales que: “Éste es un plato que se prepara en Maracaibo, que es la zona petrolera del país, por eso estos platos son negros. ¡Te lo juro!” Y Marguerite Duras me dijo luego: 'Por favor, poeta, yo quiero que lo vuelvas a preparar'. Y le dije que no, que mi cocina era imaginaria, imaginativa, que no repetía”.

Así, Hernández D' Jesús, es autor de varios libros de cocina, algunos publicados incluso fuera de Venezuela, como lo son La tentación de la carne y Para comerte mejor, en manos de Arte Dos Gráfico. Y en honor a su hibridez, la que declara orgulloso, sus obras de poesía también incluyen recetas memorables como las que están en Nuevo vestuario (Monte Ávila Editores, 2011), con nombres tan sugestivos como “Gallo melancólico y gallo”, “Coneja a Palas Atenea” o “Risotto a la milanesa a la manera azafranosa”. Pronto aparecerá La espiga plateada, en la editorial El Perro y la Rana, “un libro nada más con el arroz, rissottos, paellas, asopados, etc”, explica. Pero el mejor plato que prepara, asegura, “es la muchacha rellena”.

- ¿Piensas que la poesía es también materia de sal y pimienta?

- Es igual. Déjame explicarte. Hay algo que es muy fácil determinar en la cocina; nosotros conocemos normalmente lo salado y lo dulce, y desconocemos el agrio, el simple, el picante... Todos esos sabores no entran dentro de nuestras papilas gustativas. Igual pasa con los sentimientos: sabemos de la alegría y la tristeza, y resulta que la melancolía, el odio, la rabia, todos esos también son importantes. Conocemos dos sentimientos y dos sabores, pero son miles de ellos. Cuando uno comienza a acariciar el mundo de los sentimientos y de los sabores, se introduce en un lugar distinto y puedes apreciar mejor la vida.

El camino de la imagen

Cuenta El Carite que su andar por la fotografía comenzó entre los años 72 a 77, cuando dirigía la galería La Otra Banda en Mérida. “Es decir, que desde 1972 hasta hoy en día, son 40 años haciendo fotografía. Los dos géneros se unen en uno solo, yo no tengo preferencia por la poesía ni por la fotografía. Son mis dos mujeres, mis dos grandes amantes”.

- Alguna vez dijiste en una entrevista: “Soy híbrido”, ¿eso te define como creador?

- Totalmente, porque no solamente soy esas dos cosas, soy híbrido también con la gastronomía, como editor.

- ¿Cuál es tu nombre de pila? ¿Cómo se llamaban tus padres?

- Enrique del Carmen. Es decir yo tengo alma de hombre y de mujer.

- ¡De ahí viene también la hibridez!

- Bueno, Venus García es un libro escrito en voz femenina. Mi padre se llamaba Enrique Antonio Hernández y mi madre Rita D'Jesús. Mi apellido D'Jesús no es inventado. Por otro lado, por el hecho de que tú me hayas entrevistado, todos los pecados que has tenido en tu vida te han sido perdonados, porque yo desciendo directamente de Jesús, la familia D'Jesús viene directamente de Jesucristo. Cuando la gente me escucha, me lee, están perdonados. Después que yo me pare, comienzan de nuevo a pecar (Risas). Ya no te hagas mala conciencia: ¡no tienes pecados!

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Pequeña bibliografía

Entre sus obras se pueden nombrar: Muerto de risa, 1968; Mi abuelo primaveral y sudoroso, 1974; Así sea uno de aquí, 1976; Los últimos fabuladores, 1977; Mi sagrada familia, 1978; Mi abuelo volvió del fuego, 1980; El circo, 1986; Retrato en familia, 1988; Los poemas de Venus García, 1988; Recurso del huésped, 1988; Magicismos, 1989; La semejanza transfigurada (94 fotografías intervenidas por Vicente Gerbasi), 1996; y La tentación de la carne, 1997. Ha obtenido diversos premios de literatura y de fotografía.

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